Edificar sobre lo ajeno Contra viento y marea (43)
por S. Stuart Park Valladolid, 26 de Marzo de 2021
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Pozo Palestino |
El tipo de locura que denuncia Erasmo, en la que las personas «asumen para sí mismas cualquier logro que disciernen en los demás», se ha dado tanto en el campo de las ideas como en el de las actividades, incluso en las espirituales o religiosas, donde menos debería aparecer. Todos hemos conocido personas que proclaman como propios, conceptos que han oído de otros, y en el mundo de la evangelización, misioneros ha habido que han procurado llevar ovejas de otros rebaños a su propio redil.
El apóstol Pablo, ejemplar misionero y evangelizador pionero, lo tenía claro: «Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno, sino, como está escrito: Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; / Y los que nunca han oído de él, entenderán» (Ro. 15:20-21).
La cita que emplea Pablo para reforzar su pensamiento (Is 52: 15) sirve de pórtico para el pasaje que ensalza la grandeza del Mesías como Siervo sufriente del Señor (Is. 53), y al lado de Cristo no hay lugar para la vanagloria humana:
«¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1 Co. 3:5-11).
El principio atañe al corazón del evangelio cristiano, por tanto, y nadie lo expuso con mayor claridad que el propio Señor Jesús, cuando salían a él los samaritanos de Sicar, y dijo a sus discípulos:
«¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores» (Jn. 4:35-38).
El Señor se refería, sin duda, no solo a la preparación espiritual de aquellos samaritanos efectuada por la palabra de la mujer, que les había hablado de Jesús tras su encuentro junto al pozo de Jacob, sino por el testimonio dado por los profetas antiguos a lo largo de la historia de Israel.
Los hombres y mujeres verdaderamente eruditos son humildes, y los siervos del Señor «no buscan para sí grandezas», en palabras del profeta Jeremías (Jer. 45:4-5). El apóstol Pablo escribió: «de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades» (2 Co. 12:5), dejando un hermoso ejemplo a seguir.
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