por S. Stuart Park
En una vida anterior (o eso parece, aunque solo hayan pasado 30 ó 40 años desde entonces) me interesé por la «crítica canónica» de Brevard S. Childs (1923-2007), catedrático de Antiguo Testamento en la Universidad de Yale, y la hostilidad hacia sus ideas por parte de James Barr (1924-2006), catedrático de la Interpretación de la Sagrada Escritura, y
Regius Professor de Hebreo en la Universidad de Oxford. La polémica que suscitaron sus obras en torno a la naturaleza del texto bíblico es instructiva.
En su
Introduction to the Old Testament as Scripture (1979), Childs propone una forma de interpretación de la Biblia que se centra en el texto canónico como producto acabado, frente a otras formas de crítica bíblica que se centran en los orígenes y la historia de los textos, es decir, en atención al significado que el texto en su forma final tiene para la comunidad que lo utiliza, frente a la búsqueda de un hipotético pre-texto imposible de establecer.
En 1977 Barr publicó
Fundamentalism, un ataque frontal al propio concepto de canon, y la noción de «inerrancia» defendida por el también escocés James I. Packer. Viendo en la postura de Childs un retorno encubierto a un conservadurismo primitivo, en 1983 publicó un ataque directo a su adversario teológico en
Holy Scripture: Canon, Authority and Scripture.
El crítico literario Frank Kermode, en uno de sus ensayos sobre interpretación literaria (
An Appetite for Poetry, 1989), resume el caso de Barr vs. Childs, con estas palabras: «La diferencia entre Childs y Barr se presenta de esta manera: para Childs el significado final - el significado establecido por la formación del canon - es el verdadero; pero para Barr el verdadero significado es el significado
original, que debe ser comprobado en la medida de lo posible por la investigación histórica progresiva. Aquí, pues, está la raíz del asunto: el argumento se encuentra entre la historia «objetiva», y un acercamiento hermenéutico a la verdad».
El caso de James Barr es llamativo. De joven abrazó una posición evangélica conservadora, y su
Escaping from Fundamentalism (1984) nace de su propia experiencia de «fuga» de la «prisión» del fundamentalismo. En su Introducción define su propósito así:
«El libro busca ofrecer ayuda a aquellos que han crecido en el mundo del fundamentalismo o se han convertido en comprometidos con ella pero que al final han llegado a sentir que es una prisión de la que deben escapar. Para bien o para mal, es un hecho que muchos de los que entran en la vida activa de la fe cristiana entran en ella a través de la puerta del fundamentalismo. Pero es igualmente cierto que muchos de los que lo hacen llegan a sentir después de algún tiempo que es una forma profundamente inadecuada de la religión cristiana. Sin embargo, encontrar una salida no es empresa fácil».
Leído en mis años formativos, el libro me impactó profundamente, e hizo tambalear los cimientos de mi propia fe. En la próxima entrega trataré de perfilar mi respuesta al dilema propuesto por James Barr, y mi simpatía por la posición de Brevard Childs, un teólogo nada indiferente a cuestiones de criticismo histórico, y en absoluto «fundamentalista» de acuerdo con la definición de Barr.