por S. Stuart Park
Cuenta una leyenda antigua (citada por Aristóteles y Plinio, nada menos) que un día las aves decidieron elegir monarca. El ruiseñor pensó que ganaría el concurso por la belleza de su canto, el búho por su sabiduría, y la grulla por su vuelo majestuoso. Finalmente, tras mucha discusión y disputa, se decretó que el rey sería quien más alto pudiese volar.
Ninguna fue capaz de volar más alto que
Aquila chrysaetos, el águila real (águila dorada en griego), que se declaró a sí mismo rey. Pero no había contado con un pajarillo diminuto que se había escondido entre sus plumas,
Regulus regulus, el reyezuelo, el más pequeño de nuestras aves, que salió de su escondite y superó por su astucia al águila real.
Quien la haya visto sobrevolar las serranías de la Península Ibérica no dudará en reconocer la magnificencia del águila real, o del águila imperial que frecuenta el sur de España, pero quien haya tenido la suerte de observar al pequeño reyezuelo, que se acerca a nuestros jardines de cuando en cuando, sin miedo, habrá quedado prendado de su bonita vestimenta y de la raya dorada que corona su cabeza.
Los romanos identificaban a los gobernantes de los pueblos conquistados como reyes (
rex), o reyezuelos (
regulus), según su categoría, por lo que no resulta difícil aplicar a la vida real el carácter metafórico de la leyenda del águila real y su pequeño contrincante alado. La anécdota, aunque pudiera parecer trivial, ilustra un asunto perenne, y ejemplos de engreimiento y presunción se dan en la política y en la sociedad, incluso en el ámbito espiritual, como recordó el apóstol Pablo a los miembros de la iglesia en Roma:
«Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno» (Romanos 12:3).
La Historia registra la presencia entre nosotros de un verdadero Rey, que trató con respeto a los hombres y mujeres de su tiempo, sea cual fuere su estatus o condición, y se sometió, incluso, a la autoridad de quienes no eran más que reyezuelos ávidos de poder. El asunto, por tanto, nos concierne a todos, y en las páginas que siguen trataremos de desgranar las características del comportamiento regio en el mundo.
Mientras tanto, admiremos la majestuosidad del águila que surca los cielos, y la valentía del pequeño reyezuelo que se entrega sin complejos a su efímera vocación. «Mirad las aves del cielo» ̶ dijo Jesús ̶ , y añadió: «Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que
ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos» (Mt. 6:26-29).
Haríamos bien en seguir las directrices del Maestro; nos ayudará a poner las cosas de nuestra propia vida en perspectiva.