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«REYES Y REYEZUELOS».      

      Los árboles eligen rey.
            Reyes y reyezuelos (2)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 11 de Junio de 2021

Olivo
 

No vayamos a pensar, querida lectora, querido lector, que la Biblia queda al margen del ingenio creativo, y para muestra este botón: el autor del libro de los Jueces nos cuenta que, al parecer, los árboles también hicieron asamblea para elegir rey sobre sí, aunque en este caso, como conviene, el asunto no podría ser más serio.

La historia se remonta a una época ciertamente anárquica en Israel en la que se entrelazan proezas de fe con episodios de rebeldía y traición. Rebelde y traidor fue Abimelec, hijo de Gedeón (llamado Jerobaal, ‘El que contiende con Baal’) que, a diferencia de sus setenta hermanos, fue hijo de una esclava de su padre, y gracias a su astucia y ambición, y con la complicidad de su familia materna, persuadió al pueblo para hacerle rey (ver Jueces 9).

El argumento de Abimelec al proponerse a sí mismo como monarca fue bien sencillo: ¿Qué era mejor para el pueblo, que gobernasen sobre ellos setenta, o que gobernase sobre ellos un solo hombre? -les preguntó- y reforzó su candidatura con una verdad inapelable: «yo soy hueso vuestro y carne vuestra». La pregunta no admitía discusión, y el pueblo le dio setenta siclos de plata del templo de Baal con los que alquiló «hombres ociosos y vagabundos que le siguieron», y con su ayuda mató a sus setenta hermanos sobre una misma piedra en Siquem, y el pueblo le hizo rey.

Para advertir a sus conciudadanos de las consecuencias potencialmente desastrosas de su decisión, Jotam, el hijo menor de Gedeón y único superviviente de la matanza, huyó de Abimelec y subió a la cumbre del Monte Gerizim desde donde se dirigió al pueblo así:

Oídme, varones de Siquem, y así os oiga Dios. Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?

Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles?

Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?

Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.
(Jueces 9:7-15).

La parábola de los árboles puede parecer fácilmente entendible, pero Jotam la explicó con nombres y apellidos por si su significado hubiese pasado desapercibido (vv. 16-20). Si elegís a un hombre como Abimelec -vino a decir- el asunto acabará muy mal, y vosotros seréis tan responsables de las consecuencias como él. Y así fue: después de tres años de su reinado un «mal espíritu» se adueñó del pueblo, hubo guerra y destrucción mutua entre los hombres de Siquem, y el propio Abimelec murió de la manera más humillante posible mientras asaltaba una ciudad: una mujer dejó caer una rueda de molino sobre su cabeza desde una torre, y le rompió el cráneo.

Tendremos ocasión de analizar el episodio con calma. Mientras tanto, nos preguntamos: ¿Por qué empleó Jotam una parábola (algunos la llaman fábula) para enseguida hacer explícito su significado?


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