por S. Stuart Park
Han aliviado el tedio de los meses de restricciones los pequeños visitantes que buscan el alimento que les proporcionamos delante de la ventana de la cocina. En el alféizar donde esparcimos migajas de pan se congregan los bulliciosos gorriones, y al comedero que cuelga de la contraventana acuden asiduamente el carbonero y su primo menor, el garrapinos, para hacerse con las nueces machacadas que dejamos allí.
Contrasta con el plumaje pardo de los humildes gorriones el colorido llamativo del carbonero y el del no menos bonito garrapinos,
Parus ater, que espera su turno para desayunar. La vitalidad de nuestros visitantes alados, despreocupados por su efímera suerte en el mundo, alecciona y conmueve. El ornitólogo J.A. Baker, en su libro
El halcón peregrino, ha descrito este aspecto de la vida de los pájaros con respeto y emoción: «Conocen el sufrimiento y la alegría en estados simples que no son posibles para nosotros. Sus vidas se aceleran y se calientan a un pulso que nuestros corazones nunca pueden alcanzar. Corren hacia el olvido. Son viejos antes de que nosotros hayamos terminado de crecer».
El tamaño diminuto de los pajarillos ha inspirado a poetas como José Jiménez Lozano, que celebra su pequeñez en un poemilla humorístico titulado ‘Evolución’:
Pequeño gorrioncillo, has sido dinosaurio.
Te doy las gracias
por ser ahora tan minúsculo.
Comparto su sentimiento. Cada día durante este tiempo difícil hemos disfrutado de las idas y venidas de nuestros pequeños visitantes. Delante de la ventana hay una hiedra donde se esconden antes de lanzarse con ahínco sobre el festín. Los gorriones son muy parlanchines, mientras que los carboneros y garrapinos acuden en silencio, y entre la algarabía de unos y la bella indumentaria de otros, nuestro propio desayuno se rodea de música y color.
Escribo estas líneas el primer día de marzo, en una mañana espléndida de sol tras las lluvias de anoche. El albaricoquero está en flor, y despuntan los narcisos y las violetas en el jardín. Otro poeta sensible, el murciano Eloy Sánchez Rosillo, que quedó huérfano de padre a los siete años, ha expresado en su antología
Las cosas como fueron, su propia alegría ante el próximo cambio de estación:
No me cabe en el cuerpo la alegría
De que por fin haya llegado marzo.
No sé qué hacer con ella; sobra tanta
Que hay para dar y repartir. Acaso
la desmenuce en migajas de pan tierno
Y la eche a los pájaros.
De vez en cuando aparecen en la ventana el petirrojo y el colirrojo tizón, y desde la antena de televisión el mirlo lanza al aire su poderoso canto. Estos pájaros amigos no durarán para siempre, y no hay tiempo que perder.