por S. Stuart Park
En los años de estudio formal me enseñaron que la obra de arte, una vez publicada, exhibida o escuchada, pasa a ser patrimonio del lector o espectador, y que las intenciones del autor no deben condicionar nuestra interpretación del poema, pintura o pieza musical. En poesía, el texto es la fuente primaria de conocimiento, no la opinión del poeta, ni deben influir en nuestra valoración los detalles de su vida. Ahora acepto esta teoría a medias, con matices.
La calidad de la obra de William Wordsworth no disminuye, claro está, por las imperfecciones de su carácter, ni se agranda la de Dorothy al conocerse su entrega y humildad. Al mismo tiempo, la información que proporciona el propio autor o autora, o las circunstancias de su composición, nos pueden ayudar a formar nuestro propio criterio, y como muestra, el siguiente botón.
La escucha de Radio Clásica, o la BBC Radio 3, que han amenizado las mañanas de confinamiento en casa, o al volante mientras conducimos, proporciona placer cuando de un cuarteto de cuerda de Brahms se trata, o de una sinfonía de Beethoven, o de una cantata de Bach (la lista de nuestros gustos sería interminable), pero puede llegar a irritar, incluso molestar, según la música que se transmita.
En una ocasión, atendiendo a no sé qué tarea en la cocina, oía de fondo una música transmitida por Radio Clásica que sonaba estridente, angustiosa, que tensaba los nervios y costaba escuchar. Al finalizar la pieza la locutora informó de que se trataba de una música escrita por un compositor polaco en el campo de la muerte de Auschwitz, que había sido pasada clandestinamente al exterior en pequeños trozos de papel. Paré en seco, embargado por una profunda emoción. Mi apreciación de la música cambió por completo, me sentí avergonzado de mi actitud molesta y habría dado cualquier cosa por volverla a escuchar.
He estado en Auschwitz, escenario de una barbarie innombrable, donde más de un millón de hombres, mujeres y niños, la mayoría de ellos judíos, fueron asesinados en las cámaras de gas. No lo llaman Holocausto, que implica la expiación de pecados, ni hablan de exterminio, reservado para la eliminación de alimañas. Catástrofe la llaman, en hebreo,
Shoah. Un solo texto se ha inscrito en nombre las víctimas, Job 16:18:
¡Oh tierra! No cubras mi sangre,
Y no haya lugar para mi clamor.
Pensé en ello, y en aquel músico polaco cuya obra no fue sepultada bajo los escombros de aquel satánico lugar, sino voló libre hasta mi cocina, como el canto de los pájaros en el alféizar, testimonio de un talento, un don de incalculable valor.
La experiencia me hizo replantear la llamada
falacia intencional, que niega la relevancia de la anécdota personal. No sé cómo los musicólogos valorarían la pieza desde el punto de vista técnico, pero a mí me hizo pensar, y así la he recordado muchos años después, sentado en mi despacho, mientras escucho a Schubert y Vivaldi, Mendelssohn y Brahms, y tomo una taza de té.