Ulises Reyes y reyezuelos (9)
por S. Stuart Park Valladolid, 30 de Julio de 2021
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James Joyce |
Con su extensa novela Ulises, publicada en 1922, el genial escritor y Premio Nobel irlandés James Joyce (1882-1941) se consagró como uno de los grandes creadores literarios del siglo XX.
La novela de Joyce sigue los acontecimientos de un solo día en la vida de Leopold Bloom, un judío irlandés de clase media, en su rutinaria actividad por la ciudad de Dublín (concretamente el 16 de junio de 1904, el día en que Joyce conoció a su futura esposa Nora Barnacle).
Desde entonces, los admiradores de Joyce celebran la fecha como Bloomsday, ‘el Día de Bloom’, (un juego de palabras por similitud con Doomsday, ‘el Día del Juicio’). Protestante antes de hacerse católico para casarse con su esposa Molly, Bloom es un modesto personaje que viene a representar a todo hombre, a cualquiera.
Ulises toma su nombre del epónimo héroe de la Odisea de Homero (Odiseo en griego, Ulises en latín) en su épico viaje de regreso de Troya a Ítaca, superando toda suerte de peripecias y aventuras antes de reunirse con su fiel esposa Penélope.
Joyce dividió originalmente Ulises en 18 capítulos o «episodios». Cada episodio tiene un título (aunque Joyce los suprimió antes de su publicación), con correspondencias entre sus personajes y los de la Odisea, además de múltiples referencias simbólicas y alegóricas. Según su amigo T. S. Eliot, estas correspondencias eran esenciales, ya que daban «una forma y un significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea».
En palabras del crítico literario Frank Kermode, Joyce había encontrado «una forma de ver detrás de los accidentes y confusiones del presente una estructura universalmente válida que se creía perdida». El asunto llama la atención: un texto antiguo, la Odisea de Homero, sirve de marco para un texto moderno, el Ulises de Joyce, y, como sabe todo estudioso de la Biblia, algo parecido sucede, salvando todas las diferencias, con la relación entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.
Al margen de la cuestión formal, la manera en que Joyce descubre «una forma de ver detrás de los accidentes y confusiones del presente una estructura universalmente válida que se creía perdida», nos permite considerar cómo la Escritura proporciona un marco válido para nuestras propias vidas, que parecen, a veces, tan rutinarias y fallidas como la del pobre Sr. Bloom.
La historia bíblica narra nuestra historia, y la manera en que leemos sus «múltiples referencias simbólicas» puede dar forma a nuestra propia experiencia vital. El hidalgo Alonso Quijano interpretó los libros de caballerías como historia real, y así le fue, y para no caer en los mismos desvaríos que el Caballero de la Triste Figura, conviene leer la Biblia correctamente, y aplicar sus historias a la nuestra con cordura.
La hermenéutica bíblica no se limita a una cuestión académica, por lo tanto, y atañe al corazón de nuestra experiencia vital, con sus «accidentes y confusiones», los encuentros y desencuentros, éxitos y fracasos que forman parte de la vida de todo ser humano, de cualquiera. Nuestra rutinaria actividad por la ciudad que nos haya tocado vivir necesita un marco espiritual que le dé sentido, como el bueno de Leopold Bloom, y de ello hablaremos en la próxima entrega.
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