por S. Stuart Park
Así se definió el escritor José Jiménez Lozano, en su
Segundo abecedario, un libro de conversación con el lector: «Pero todo ha sido, todo me ha conformado como soy: libre y terco, algo melancólico, recordador, escéptico y amador de la vida que corre tan de prisa…». Sería difícil resumir toda una vida tan sucintamente, y la síntesis le retrata a la perfección.
Un hombre risueño y acogedor, incluso en las postrimerías de la vida con sus dificultades de salud, sus contratiempos y preocupaciones, don José supo mantener un equilibrio entre la recordación de un pasado a veces alegre, a veces triste, y el optimismo y amor a la vida, sin perder de vista el horizonte incierto del porvenir.
La vejez, que parece tan lejana en los años de la juventud, se acerca inexorablemente a todos. Nadie retrató esta realidad como el sabio Qohélet, con su urgente recomendación de acordarse de Dios, es decir, de tenerle en el corazón, mientras se pueda:
Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia; (…) antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad (Ecl. 12:1-2, 6-7, 8).
La carga poética de estas líneas permite evocar la realidad de la vejez con cariño y respeto, como conviene, sin ocultar tras su despliegue simbólico la dureza de la pérdida paulatina de salud, y la nostalgia por un tiempo pasado que no retornará.
El final de la vida, con sus desencantos y decepciones, puede inundar el alma de amargura. Uno de los pasajes más tristes que recuerdo haber leído, y que sintetiza la frustración que siente el ser humano en su ancianidad ante la vanidad suprema de la vida, fue puesto en boca de Máximo Manso, el epónimo héroe de
El amigo Manso de Benito Pérez Galdós.
El profesor Manso, gran teórico y riguroso educador, se había enamorado en secreto de su joven discípula Irene, bella e inteligente, sin atreverse nunca a declarar su pasión, y contempló resignado cómo otro discípulo suyo, Manuel de la Peña, un joven apuesto y embaucador, se le adelantó y se casó con ella. El amigo Manso murió de pena poco tiempo después:
«Para ellos, vida, juventud, riquezas, contento, amigos, goces, delirio, éxito; para mí, vejez prematura, monotonía, tristeza, soledad, indiferencia, tormento y olvido».
Con todo, ninguna escena hay tan patética como la postración final del rey David, «viejo y avanzado en días», después de una larga vida de éxitos y fracasos, amores y desamores, que le consagra como una de las figuras más importantes de la Historia. De él hablaremos en la próxima entrega.