por S. Stuart Park
La figura de Abisag, escogida para servir al rey David en su senectud, ha ejercitado la imaginación de artistas y escritores, entre ellos el insigne rector salmantino Miguel de Unamuno, y la razón no es difícil de adivinar. Al margen de su importancia política ̶ el usurpador Adonías pidió a Abisag por esposa después de la muerte del rey, provocando la ira vengativa de su legítimo sucesor, Salomón (ver 1 Reyes 2:13-25) ̶ el simbolismo evidente de la escena ha llamado poderosamente la atención:
Cuando el rey David era viejo y avanzado en días, le cubrían de ropas, pero no se calentaba. Le dijeron, por tanto, sus siervos: Busquen para mi señor el rey una joven virgen, para que esté delante del rey y lo abrigue, y duerma a su lado, y entrará en calor mi señor el rey. Y buscaron una joven hermosa por toda la tierra de Israel, y hallaron a Abisag sunamita, y la trajeron al rey. Y la joven era hermosa; y ella abrigaba al rey, y le servía; pero el rey nunca la conoció.(1 Reyes 1:1-4).
Para Unamuno, el episodio representaba una suerte de alegoría, la agonía de la razón en su incompatibilidad con la fe, y la imposibilidad del viejo rey David de conocer a su última esposa encajaba en el «pesimismo metafísico» en que cayó el último Unamuno (ver
La agonía del cristianismo, 1925). Nosotros, no tan metafísicos como el gran escritor vasco, preferimos leer la historia, tan escueta como sugerente, en el contexto narrativo de la propia historia de David.
La decrepitud física del anciano rey contrasta marcadamente con el vigor de las batallas políticas y militares que libró, no menos que con la tumultuosa vida amorosa y las tragedias familiares que le acompañaron a lo largo de su vida. El joven hijo de Isaí era «rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer» (1 Samuel 16:12) y a partir de su hazaña frente al gigante filisteo Goliat, su fama se extendió por todo el mundo.
Tan atractivo y admirado era el joven David que las mujeres de Israel coreaban su nombre en las canciones populares del país; tan odiado era por el paranoico Saúl que fue obligado a salir del país y vivir como un fugitivo. Autor de salmos leídos y cantados en todo el mundo a lo largo de tres mil años, pastor, hombre valiente y rey, el «dulce cantor de Israel» (2 Samuel 23:1) ha ocupado un lugar de privilegio en el corazón de los lectores de la Biblia en todo tiempo y lugar.
Su legado está lleno de claroscuros, y compendia su estrepitosa caída moral no menos que su inquebrantable fe en Dios, sus lágrimas de contrición tanto como sus salmos de regocijo y triunfo. No ha habido otro personaje como él, y antes de enjuiciar su conducta conviene recordar que Jesús de Nazaret era conocido como el Hijo de David, y el Cristo resucitado declaró: «Yo soy la raíz y el linaje de David» (Apoc. 22:16), destinado a ocupar su trono en el venidero reino de Dios.
Al final de su vida, sin embargo, le vemos tiritando de frío e impotente. El asunto reclama nuestra atención.