por S. Stuart Park
Si para Unamuno Abisag representaba la incompatibilidad de la fe frente a la razón, algunos intérpretes, menos metafísicos, piensan que la imagen de David temblando de frío era un mero pretexto literario para traer a la sunamita, y que esta permaneciese virgen para que, muerto el rey, la pretendiera Adonías, precipitando así su propia destrucción.
Robert Alter, uno de los estudiosos más importantes de la historia de David, ve en la escena de Abisag una simbólica inversión del hecho que tantos problemas acarreó para el rey, es decir, que se trata de un recuerdo irónico de su caída en pecado. Otros muchos, aunque menos literarios, también tienen claro que el deterioro físico de David se debe a sus pecados, que fueron muchos y muy graves, y que, por esta razón, en vez de morir en santidad y paz rodeado de una luminosa espiritualidad, ahí le tenemos con tan solo unos setenta años tiritando de frío en la cama.
Ahora bien, David no había perdido todas sus facultades, y uno de sus últimos actos como rey antes de «
dormir con sus padres» (1 R. 2:10), fue su intervención providencial en favor de su hijo Salomón, dando instrucciones a la reina Betsabé, al sacerdote Sadoc, y al profeta Natán, para frenar al usurpador Adonías y garantizar la sucesión.
«Entonces el rey David respondió y dijo: Llamadme a Betsabé. Y ella entró a la presencia del rey, y se puso delante del rey. Y el rey juró diciendo: Vive Jehová, que ha redimido mi alma de toda angustia, que como yo te he jurado por Jehová Dios de Israel, diciendo: Tu hijo Salomón reinará después de mí, y él se sentará en mi trono en lugar mío; que así lo haré hoy. Entonces Betsabé se inclinó ante el rey, con su rostro a tierra, y haciendo reverencia al rey, dijo: Viva mi señor el rey David para siempre» (1 R. 1:28-31).
«Vive Jehová, que ha redimido mi alma de toda angustia». Estas no son las palabras de un rey derrotado, hundido en el sentimiento de culpabilidad que muchos le han atribuido, sino de un hombre consciente de la mano redentora de Dios y de la justicia de su causa.
Cuán fácil ha sido, y es, señalar con el dedo a David. Antes de hacerlo, conviene escuchar a Pablo, en su discurso en la sinagoga de Antioquia, en el que pasa revista a la historia de Israel hasta su llegada a la tierra de Canaán:
«Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero. De la descendencia de éste, y conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel. (…)
Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree» (Hechos 13:21-23, 32-39).
La debilidad física de David, propia de la vejez, no empaña el testimonio inequívoco de la Escritura, que le concede un lugar muy alto. ¿En qué consiste, entonces, el valor simbólico del episodio de Abisag? Lo plantearemos en la siguiente entrega.