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«REYES Y REYEZUELOS».      

      El corazón de David.
            Reyes y reyezuelos (14)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 03 de Septiembre de 2021

El David de Miguel Ángel
 

En efecto, el contraste entre el David que en su juventud venció a Goliat y conquistó el corazón de las mujeres del país por sus proezas en el campo de batalla, y su ulterior deterioro físico y decrépita senectud, invita a la reflexión.

La aparición en escena de la figura de David marcó un hito en la Historia de la Salvación, y el autor de 1 y 2 Samuel desplegó en torno al rey un arte nunca superado en la narrativa bíblica, comparable con las grandes creaciones de la literatura universal, tanto en la descripción del drama político que acompañó el establecimiento de la monarquía israelita como en la revelación de la intimidad psicológica y espiritual de su principal protagonista.

La figura de David emerge con brillantez desde el momento en que Samuel le ungió en secreto en la casa de su padre en Belén. El joven hijo de Isaí era «rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer» (1 Samuel 16:12), una prolijidad descriptiva inusual en la Biblia, a pesar de lo escueto de su formulación, y su atractivo físico contribuiría a su popularidad entre los hombres y mujeres de su tiempo.

La grandeza de David no radica en su aspecto físico, claro está, como el propio Samuel descubrió cuando el Señor rechazó a Eliab, el primogénito de Isaí, imponente por su estatura como lo había sido el primer rey, Saúl:
«Y aconteció que cuando ellos vinieron, él vio a Eliab, y dijo: De cierto delante de Jehová está su ungido. Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 S. 16:7).
«Jehová mira el corazón». La idoneidad de David como ungido de Dios está refrendada por el Salmo 89 (vv. 20-24):
Hallé a David mi siervo;
Lo ungí con mi santa unción.
Mi mano estará siempre con él,
Mi brazo también lo fortalecerá.
No lo sorprenderá el enemigo,
Ni hijo de iniquidad lo quebrantará;
Sino que quebrantaré delante de él a sus enemigos,
Y heriré a los que le aborrecen.
Mi verdad y mi misericordia estarán con él,
Y en mi nombre será exaltado su poder.
El Salmo mira más allá del anciano David para recalar en la figura de Cristo, sin que los tumultuosos eventos de su vida con sus éxitos y fracasos, poderío y debilidad, anulen la confianza expresada en el Salmo.

No sabemos lo que pasó por la mente de David en sus horas finales, pero podemos adivinar cómo le contempló el Señor. El amor de Dios no varía. De este modo David, en su debilidad y postración final, viene a ser símbolo de todos los hijos de Adán que, desprovistos de la belleza primaveral del Paraíso, reposan en los brazos eternos de Dios. Nadie lo expresó mejor que el evangelista que vio en el amor de Cristo la inquebrantable fidelidad de Dios.
«Sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn. 13:1).
Este amor es el que sostuvo a David a lo largo de su vida, y le acompaña en la eternidad.


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