por S. Stuart Park
Stefan Zweig (1881-1942) intelectual austríaco, poeta, escritor y traductor judío, resumió la historia de su vida en
El mundo de ayer. Memorias de un europeo, con palabras que bien podrían aplicarse, mutatis mutandis, a la historia tres veces milenaria del pueblo de Israel:
«Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos.
También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento que esta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas. Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo; nunca, jamás (y no lo digo con orgullo sino con vergüenza) sufrió una generación una hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual, como la que ha vivido la nuestra».
¿Quién no reconoce en este testimonio la historia de todo un pueblo que ha escalado las más altas cimas de la ciencia, la literatura, la cultura, y la espiritualidad, para caer una y otra vez a lo largo de los siglos en el abismo del sufrimiento y el exilio, la violencia y la persecución?
San Pablo,
«hebreo de hebreos, y en cuanto a la ley, fariseo», como se definió a sí mismo, lloró por los de su nación que habían rechazado a Cristo, como sus antecesores que apedrearon a los profetas que les fueron enviados, y los mataron, como dijo Jesús. Eran sus hermanos, de quienes son
«la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén» (Ro. 9:4-5).
El propio David reúne en su sola persona las glorias de Israel y sus miserias, sus éxitos y sus fracasos, sus pecados y sus virtudes. En medio de sus grandes triunfos y rodeado del fervor popular, David era un hombre solitario que vivió intensamente el rechazo y la incomprensión. Conocemos este aspecto a través de los muchos salmos en los que dio cuenta del estado de su conciencia y de su corazón.
David era un hombre eminentemente público cuya vida privada ha sido sometida a un escrutinio sin precedentes, un héroe amado por el pueblo más que cualquier otro, y el blanco de la saña de sus enemigos como ningún otro personaje de la historia bíblica. Autor de salmos inolvidables como los que Jesús citó en la cruz, su biografía íntima ilumina las interioridades del alma de Cristo, que se identificó con él como con ningún otro.
La historia de David es la historia de Israel, y prefigura la del Mesías, en su rechazo y vindicación, en su descenso a los infiernos y su exaltación en gloria. De ello hablaremos en la próxima entrega.