por S. Stuart Park
Tú eres el hombre ̶ dijo Natán el profeta al rey David ̶ y sus palabras encontraron eco involuntario en boca de Poncio Pilato cuando exclamó: «¡He aquí el Hombre!» antes de entregar al Rey de los Judíos para ser crucificado.
No sabemos si la exclamación de Pilato fue motivada por desprecio hacia Jesús, o por asombro ante su figura inocente, ya que no encontró delito en él, pero su
¡Ecce Homo! ̶ en versión de la Vulgata ̶ ha pasado a la Historia como imagen imborrable del Hijo del Hombre exhibido ante los ojos del mundo, reo de muerte por voluntad de la autoridad religiosa y a petición del populacho.
El Nazareno no murió por sus propios pecados, y la Escritura da fe del motivo profundo de su condena a muerte en la cruz. Resuenan las palabras de Isaías en su estremecedora visión del Siervo Sufriente del Señor:
«Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:3-6).
«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros». He aquí el corazón del asunto, el misterio de nuestra Salvación. Escribió S. Pedro:
«Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas» (1 P. 2:21-25).
«Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero». Las palabras del apóstol traen a la mente el recuerdo de un venerable predicador que sostenía en su mano izquierda una Biblia de tapa negra, para representar la carga de nuestros pecados, los míos propios y los de los cientos de estudiantes universitarios que le escuchábamos absortos en medio de un silencio sepulcral, antes de pasarla a su mano derecha para dramatizar la transferencia de todos nuestros pecados a la persona de Cristo.
Tan sencilla ilustración no debe inducirnos a buscar matices o añadir complicaciones. Así de simple es el evangelio de Cristo, y así de profundo. Se trata de la sabiduría de Dios, como escribió Pablo, ya que por la muerte expiatoria de su Hijo, Dios es «justo, y el que justifica a quien es de la fe de Jesús». Recuerdo la imagen como si fuese ayer, y no la olvidaré jamás.