por S. Stuart Park
Natán llevó a David al arrepentimiento por medio de una parábola, y la sabiduría del profeta anticipa la de Jesús de Nazaret, que habló a las gentes por parábolas para revelar sus secretos, y solo denunció de manera directa a los hipócritas religiosos que se colocaban por encima del pueblo llano, y se consideraban justos a sus propios ojos.
William Shakespeare (1564-1616) empleó una estrategia similar en
Hamlet, su obra más representada. Por medio de la puesta en escena de un regicidio, el príncipe Hamlet descubrió la culpabilidad de su tío Claudius, que había matado a su padre y usurpado el trono de Dinamarca tras la muerte del rey.
The play’s the thing / Wherein I’ll catch the conscience of the king -se figuró el príncipe- : «La obra es como/Atraparé la conciencia del rey»; y para conseguir su objetivo montó la pieza teatral en el Palacio de Elsinore para ver la reacción de su tío, de quien sospechaba de haber matado a su padre. El plan surtió efecto: el usurpador salió airado de la representación, como el propio David, que montó en cólera tras escuchar la parábola de Natán.
La fuerza de la parábola reside en su capacidad de revelar sus secretos y sacar a la superficie de manera indirecta su significado oculto. En este sentido, toda la narrativa bíblica funciona como una gigantesca parábola cuyas historias tienen como finalidad llevarnos a la fe en Cristo. En palabras de José Jiménez Lozano:
«Es un hecho que la narración es un invento judaico, bíblico y que, en la Biblia, hay historias, no abstractos filosóficos ni mitos, y que su lenguaje es eidético o de imágenes, no especulativo o moral. La judía es ciertamente la única de las grandes culturas que se presenta así, al margen de toda especulación, filosofía o mitología; el interés bíblico, en efecto, no está en el conocimiento del cosmos de un modo especulativo como el que se preconiza entre los griegos (…) sino que el interés está en la experiencia existencial de la realidad».
Se trata no de teatro, ciertamente, sino de «la experiencia existencial de la realidad», un asunto de vida o muerte, el
ser o no ser hamletiano encarnado en vidas reales, las de hombres y mujeres como nosotros. El rey David, en su gloria y en su miseria, tipifica al ser humano venido a menos, y nos conduce a Cristo, que «padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18).
La historia de David desemboca en tragedia, la sublevación de su hijo Absalón, el usurpador que forzó a su propio padre al exilio, y rompió su corazón. La escena es estremecedora:
«Y David subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos. También todo el pueblo que tenía consigo cubrió cada uno su cabeza, e iban llorando mientras subían» (2 S. 15:30).
¿Hay quién no ve aquí la sombra de Cristo camino de la Cruz?