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«REYES Y REYEZUELOS».      

      ¡Absalón! ¡Absalón!
            Reyes y reyezuelos (19)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 08 de Octubre de 2021

Puerta de Jerusalén
 

El pecado de David desembocó en tragedia, no porque así lo había decretado Natán, sino porque hombres perversos se aprovecharon de la pasividad del rey.

Uno de los hijos de David, Amnón, violó a Tamar, la bella hermana de Absalón, y este vengó a su hermana matando a Amnón dos años después. El hecho disgustó al rey, y Absalón huyó a Gesur, donde permaneció durante tres años más. Tras una serie de maniobras políticas protagonizadas por Joab, general del ejército de David, Absalón volvió a Jerusalén y fue admitido finalmente en palacio, aunque David conocía el riesgo que asumía.

De ahí a la usurpación del trono por parte de Absalón solo fue cuestión de tiempo. ¿Por qué no actuó decisivamente el rey? ¿Por qué no hizo justicia tras el asesinato de Amnón? ¿Por qué permitió que Absalón «robara el corazón de los de Israel» con impunidad?

Según algunos, porque David se vio paralizado por la conciencia de su propio pecado. Según otros, porque así estaba decretado por Dios, como había profetizado Natán: de la causa (el pecado de David) fue la consecuencia (la sublevación de Absalón). Pero el asunto no es tan sencillo. La soberbia de Absalón encontró tierra abonada en la ingenuidad del pueblo, fascinado por las promesas falsas del embaucador:
«Aconteció después de esto, que Absalón se hizo de carros y caballos, y cincuenta hombres que corriesen delante de él. Y se levantaba Absalón de mañana, y se ponía a un lado del camino junto a la puerta; y a cualquiera que tenía pleito y venía al rey a juicio, Absalón le llamaba y le decía: ¿De qué ciudad eres? Y él respondía: Tu siervo es de una de las tribus de Israel. Entonces Absalón le decía: Mira, tus palabras son buenas y justas; mas no tienes quien te oiga de parte del rey.

Y decía Absalón: ¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia! Y acontecía que cuando alguno se acercaba para inclinarse a él, él extendía la mano y lo tomaba, y lo besaba. De esta manera hacía con todos los israelitas que venían al rey a juicio; y así robaba Absalón el corazón de los de Israel»
(2 S. 15:2-6).
La estrategia de Absalón es muy conocida, y pensamos que la inacción de David se debió a su conciencia de la mano de Dios sobre él, de su confianza en la Providencia que le había asistido desde el principio, aunque a él le costara el trono. Absalón murió por su soberbia y por su alta traición, pero David lloró por él, y su llanto descubre un amor de padre que nos acerca al corazón de Dios. «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! −clamó David− ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!»

Absalón murió «suspendido entre el cielo y la tierra», traspasado por los tres dardos de Joab (2 Samuel 18:9-14), y el hecho nos recuerda la muerte de Jesús, colgado como un maldito en el madero de la Cruz (ver Gálatas 3:13). El llanto de David dirige nuestra mirada hacia la infinita misericordia de Dios.


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