por S. Stuart Park
La misericordia que se extendió al rey David no es un tópico, sino una realidad; vean, si no, el pequeño poemilla de Jiménez Lozano (así llamaba él sus versos), titulado ‘
Abandono’, dedicado al humilde gorrión,
passer domesticus, un pájaro familiar que convive con nosotros y forma parte del escenario urbano, no siempre para su bien:
Envenenado gorrioncillo.
¡Ecce passer! ¡Tan pequeño!
¡Tan frágil!
Me mira con misericordia
y muere. Entre los envenenadores
me abandona.
Jesús de Nazaret habló siempre con cariño de los gorriones, criaturas suyas, inofensivas y cercanas, y en este ingenioso poema es el pajarillo moribundo quien rinde homenaje a Cristo, y mira con misericordia a sus verdugos, como Él.
El mundo está envenenado, y el veneno de la maldad humana llevó a Cristo a la Cruz. Al mismo tiempo, la muerte de Jesús entre los envenenadores fue antesala del gozo de la Resurrección, y conviene no perder de vista la convivencia del dolor de la muerte con la alegría de vivir:
Gorrioncillo urbano
perdido entre las mesas
de una terraza de un hotel de lujo.
Como tú, me bastan y me sobran
las migajas del mundo,
yo solo quiero tu alegría.
El gorrión no solo muere envenenado; también perece por azar:
¿Por qué ha caído del nido del alero
este gorrioncillo y se ha estrellado?
Entre las dalias y los fucsias,
sobre la rocalla hay sangre,
y el piadoso relente de la noche
ha arropado el cadáver. Su húmeda
decisión, su refrigerio oscuro
es lo único puro, inteligible
para mi desconsuelo.
Vienen a la mente las palabras sublimes del Señor:
«¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre» (Mt. 10:29). ¿Son creíbles en medio del azaroso mundo en el que convivimos con los gorrioncillos que confían en nosotros para vivir?