por S. Stuart Park
Una mañana soleada tras las lluvias de abril concede a nuestro pequeño jardín un lustre precioso de verde profundo y arbustos en flor. Aparecen los primeros brotes en el albaricoquero para revestir el árbol de pétalos, antes de cargarse de fruta en su proceso de maduración.
El proceso de fructificación, fascinante en sí, también es instructivo, como recordó el filósofo G.W.F. Hegel (1770-1831):
«El capullo desaparece al abrirse la flor, y podría decirse que aquél es refutado por ésta; del mismo modo que el fruto hace aparecer la flor como un falso ser de la planta, mostrándose como la verdad de ésta en vez de aquélla. Estas formas no sólo se distinguen entre sí, sino que se eliminan las unas a las otras como incompatibles. Pero, en su fluir, constituyen al mismo tiempo otros tantos momentos de una unidad orgánica…»
Esta conocida cita, tomada de su
Fenomenología del espíritu, ilustra la manera de ser de la revelación bíblica que, desde sus principios en el Jardín de Dios, crece y avanza hasta desembocar en la Ciudad-Jardín de la Nueva Jerusalén, visionada por San Juan:
«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones» (Ap. 22:1-2).
El avance de la revelación bíblica ha sido inexorable en el tiempo, agónico a veces, truculento otras, hermosísimo por momentos, hasta culminar en la Persona y Obra de Cristo en el mundo.
De acuerdo con la metáfora hegeliana, la unidad de la Biblia es orgánica, si bien algunas de sus etapas, necesarias en su día, han sido abolidas por la venida de Cristo, como las ordenanzas contenidas en las leyes cultuales de Israel, y otras han sido superadas por la ética de Cristo, como los actos de violencia y venganza que se dan con frecuencia en las páginas del Antiguo Testamento, taxativamente prohibidos por el Señor.
Desde esta perspectiva, del mismo modo que el fruto final no se producirá en el árbol si no hay previamente floración, la venida de Cristo no sería comprensible sin el proceso histórico y ritual de la historia de Israel, que la han anticipado en sombra y figura, para emplear una metáfora netamente bíblica.
La unidad orgánica de la Biblia invita, por tanto, a una lectura cristocéntrica, que no se anda por las ramas (por emplear una metáfora más cotidiana), no saca las cosas de su contexto, ni aplica las lecciones del pasado sin pasarlas por el prisma de Cristo.
Volveremos, a continuación, al mundo de los reyes de Israel, y trataremos de enfocarlos, por tanto, desde la perspectiva de Cristo, Rey de reyes y Señor de señores, y ejemplo máximo a seguir.