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«REYES Y REYEZUELOS».      

      El orden de Melquisedec
            Reyes y reyezuelos (24)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 12 de Noviembre de 2021

Jerusalén
 

Antes de adentrarnos en la fascinante historia de Melquisedec, conviene considerar el concepto de ‘cumplimiento de la ley’ en la persona de Jesús. «No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir» ̶ dijo ̶ (Mt. 5:17); y se sometió al bautismo de Juan «porque así conviene que cumplamos toda justicia» (Mt. 3:15). Jesús había «nacido bajo la ley» (Gálatas 4:4), y ninguna de sus provisiones le eran ajenas. Para regresar a nuestra metáfora, venido el fruto, desaparece la flor, ya que ha cumplido su misión.

Tan esencial resulta ser este principio que para efectuar nuestra salvación fue necesario superar un obstáculo aparentemente insalvable: Jesús era de la tribu de Judá y, por lo tanto, no podía «servir al altar» según la ley, ni ejercer en nuestro favor como sumo sacerdote ante Dios. Jesús era de la tribu de Judá, no de la orden de Aarón, y «aquel de quien se dice esto (es decir, de Jesús) es de otra tribu, de la cual nadie sirvió al altar» (He. 7:13)

El asunto puede parecer peregrino, querida lectora, querido lector, pero el argumento es de crucial importancia, y nos incumbe intentar seguir su desarrollo.

Si Jesús, como descendiente de la tribu de Judá, quedaba descartado como sacerdote para servir al altar, donde se ofreció a sí mismo en sacrificio por nuestros pecados, era necesario cambiar la ley de la sucesión aarónica, ya que «cambiado el sacerdocio, necesario es que haya cambio de ley» (He. 7:12).

¿Cómo cambiar una ley instituida por Moisés que formaba la base del culto religioso de Israel? La respuesta se encuentra en el orden de Melquisedec, anterior a Aarón, «no constituido conforme a la ley del mandamiento acerca de la descendencia, sino según el poder de una vida indestructible» (He. 7:16).

No vayamos a pensar que el autor de Hebreos quiso hacer trampa, o que se sacó de la manga el orden de Melquisedec para saltarse las exigencias de la ley: el rey David, siglos después, escribió, en un Salmo citado con frecuencia por Jesús:
Juró Jehová, y no se arrepentirá:
Tú eres sacerdote para siempre,
Según el orden de Melquisedec.

(Sal. 110:4).
El propio Señor confirmó que el Salmo se refiere a Él (Mt. 22:44). Así que no hay duda: el sacerdocio de Cristo es válido, y cumple la ley, no la de Aarón sino la de Melquisedec; y, además, es infinitamente superior, y deja sin validez la ley promulgada por Moisés: «Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios» (He. 7:18-19).

Esta dramática conclusión surge de la manera en que el autor de Hebreos interpreta la breve aparición de Melquisedec en la historia y proporciona, por ende, una lección magistral de jurisprudencia, válida no solo para letrados o estudiantes de Derecho, sino para todo el pueblo de Dios.


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