por S. Stuart Park
La aparición de Melquisedec en el escenario de la Historia no solo prefiguró el ministerio sacerdotal del Rey de reyes, Jesús, sino que resultó ser providencial en lo moral y espiritual para el patriarca Abraham. Pero antes de entrar en los detalles de aquel encuentro trascendental, quisiera contar, con la venia de mis lectores, una pequeña anécdota personal.
El pasado invierno bajé a la cocina una mañana con un leve dolor de cabeza, los ánimos bajos, y una vaga sensación de angustia. La mañana era aún oscura, y no sentía fuerzas para encarar las tareas de la jornada.
Lo primero que hice fue preparar las nueces para el carbonero y su primo el garrapinos, y unas migajas de pan para los gorriones para que no se sintieran discriminados.
Varios motivos empañaban mi horizonte anímico en aquella ocasión: la sensación de fracaso en distintas áreas de la vida; la ausencia de voces amigas por las limitaciones de movimiento por la pandemia; ansiedad por progresar en algunos proyectos literarios que tenía entre manos; y aunque sorprenda (o escandalice) a alguno de mis lectores, mi equipo favorito había perdido un partido crucial.
Pensando en estas y otras cosas, encendí la radio y oí al presentador anunciar: “Hemos escuchado
‘De Profundis’, interpretado por…” (no recuerdo por qué coro, ni de qué compositor). Paré en seco, y fui a buscar el Salmo:
De lo profundo, Señor, a ti clamo.
Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.
Señor, si miras a los pecados, ¿quién, Señor, podrá mantenerse?
Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.
Esperé yo en el Señor, esperó mi alma; en su palabra he esperado.
Mi alma espera en el Señor más que los centinelas la mañana,
más que los vigilantes la mañana.
Espere Israel en el Señor, porque en el Señor hay misericordia,
y abundante redención con él.
Él redimirá a Israel de todos sus pecados.
(Salmo 130, RV 2020)
La lectura me hizo mucho bien. De vuelta a la cocina, bajaron mis pequeños visitantes alados a desayunar en todo su esplendor. Nunca vi al carbonero tan elegante, al garrapinos (ahora con su pareja) tan hermoso, ni a los gorriones tan felices en su bulliciosa algarabía.
Para redondear el arranque de la mañana, saltó el aviso de un correo largamente esperado. Todo ello ahuyentó mis fantasmas nocturnos y me devolvió a la realidad de la providencia de Dios. Sé que volveré a sentir desánimo, y volverán momentos de angustia, pero en aquel breve espacio de tiempo fui consciente de una Providencia, como cuando Booz mandó caer los manojos de cebada en el camino de Rut sin que la moabita supiera su procedencia.
Los pajarillos no saben qué mano les alimenta, desde luego, y no les aflige la condición humana, felices ellos en su efímero paso por el mundo, y tras este preámbulo os invito a presenciar una escena de trascendencia infinita, el encuentro de Melquisedec con el patriarca Abraham.