por S. Stuart Park
El autor de Hebreos no se detiene para enjuiciar la oferta del rey de Sodoma:
«Dame las personas, y toma para ti los bienes»; ni se ocupa en la respuesta del patriarca:
«nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abram»; sino que se emplea a fondo para desgranar las implicaciones cristológicas de la figura de aquel misterioso Sacerdote y Rey:
«Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien asimismo dio Abraham los diezmos de todo; cuyo nombre significa primeramente Rey de justicia, y también Rey de Salem, esto es, Rey de paz; sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre» (7:1-3).
Se fija, en primer lugar, en el significado de su nombre (
«Mi rey es justo»), y en la ciudad donde reinó (
Salem), es «Rey de Justicia» y «Rey de paz». Observa, en segundo lugar, que Melquisedec bendijo «al que tenía las promesas. Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor». Y, por último, concluye que, en ausencia de ascendencia o genealogía, sin registro de su nacimiento o muerte, Melquisedec constituye una prefiguración de Cristo, Hijo de Dios y Sacerdote para siempre.
Tomó de Abraham los diezmos, y le bendijo, estableciendo así la superioridad del orden de Melquisedec sobre el de Aarón: «Y por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los diezmos;
porque aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro».
El alcance de estos breves artículos impide abarcar el desarrollo completo del argumento de Hebreos, que ocupa los capítulos siete a diez de la Epístola, y con la venia de mis lectores, me permito terminar esta breve aproximación citando parte del Prólogo de mis
Conversaciones con Aurelio (2015):
Dirigida a lectores hebreos que, habiendo creído en Cristo como el cumplimiento definitivo de las promesas hechas a Israel, y habiéndole reconocido públicamente como Mesías, no muchos años después de los eventos de la Cruz padecen persecución, empiezan a dudar de su fe, y son tentados a volver atrás al sacerdocio levítico y los sacrificios de animales del judaísmo. ¿Cómo podrán recobrar su fe, si Jesús ha desaparecido de su vista, y nada ha cambiado, aparentemente, en el mundo?
Para dar respuesta a esta gran preocupación, el autor desarrolla su tema con altura intelectual y sabiduría pastoral. (…) Explicará las excelencias de Jesús, quien supera a Moisés y Josué, los grandes líderes reverenciados por los judíos, y sobre todo, desvelará la perfección del sacrificio de Cristo, que ha hecho obsoleto el orden levítico y ha dejado sin efecto los sacrificios cruentos del Templo. Con compasión y claridad, hace ver a sus lectores angustiados que volver al judaísmo sería dar un paso atrás que traicionaría la Obra del Salvador, y les devolvería a un sistema religioso inutilizado para siempre.
Y así nos despedimos de la historia de Melquisedec, atentos a los silencios significativos de la Biblia.