por S. Stuart Park
En una mañana soleada de primavera la vida tiene orden y concierto, belleza y encanto, y al contemplar la hermosura del mundo, todo está muy bien, y da gusto vivir. En un abrir y cerrar de ojos, sin embargo, la realidad puede tornarse aterradora, y la existencia una siniestra trampa mortal.
El célebre naturalista
sir David Attenborough, conocido mundialmente por sus documentales y defensa del medio ambiente, se declara agnóstico (aunque no ateo) frente a las maravillas del mundo natural. En una entrevista en la BBC en 2005, preguntado por su postura ante el llamado creacionismo, que defiende una manera determinada de leer el libro de Génesis, contestó:
«Mi respuesta es que cuando los creacionistas hablan de Dios creando cada especie individual como un acto separado, siempre citan como ejemplo colibríes, orquídeas, o girasoles y cosas bonitas. Pero yo, en lugar de eso, tiendo a pensar en un gusano parásito que está horadando el ojo de un niño sentado a la orilla de un río en África occidental, un gusano que le va a dejar ciego. Y les pregunto, ¿me estás diciendo que el Dios en el que crees, que siempre dices que es misericordioso, que cuida de cada uno de nosotros individualmente, estás diciendo que Dios creó ese gusano que no puede vivir en ningún otro sitio que no sea el ojo de un niño inocente? Porque esto no me parece que coincida con un Dios lleno de misericordia».
Lo mismo podría decirse del cáncer que destruye la vida de un ser querido sin saber lo que hace, o el accidente que azota sin avisar. El otro día, subiendo por la carretera hacia Asturias, nos encontramos de repente con una preciosa ardilla roja, pletórica de vida, que cruzaba la calzada a toda prisa, en tan mala hora que, sin tiempo para frenar, la aplastamos bajo las ruedas del coche. Vino a la mente este poemilla de José Jiménez Lozano en una de sus
Elegías menores (2002):
La vida es un fulgor tan breve que la ardilla,
rojo relámpago del bosque,
hace todo de prisa por si la diera tiempo.
Contrasta con los agitados movimientos de la ardilla el pausado paso del erizo, también expuesto a los peligros de la carretera:
¡Criatura tan mansa,
tan frágil, tan humilde, nocturna,
parsimoniosa, introvertida, dulce!
Y mira, tiene que ir con su coraza
de púas temerosas.
¿Cómo andaría si no por este mundo?
Y aun así, es aplastada a veces. El mundo
no es para criaturas humildes, dulces,
inocentes, sencillas;
ni su caparazón de púas las protege,
pero,
no ofrezcas al mundo sino púas, el silencio
y el desdén, ¡hazte una bola!,
y que pase en su carroza.
El Sr. Jiménez Lozano no se retraía como un erizo para protegerse de la sociedad, claro está, y aunque no buscó las prebendas o la gloria del mundo, su casa de Alcazarén estaba abierta a todos.
De mi amigo JJL hablaré en la próxima entrega.