por S. Stuart Park
La marginación histórica de la Biblia en España, denunciada con frecuencia por Jiménez Lozano, ha coincidido en tiempos recientes con la indiferencia generalizada de las sociedades occidentales hacia el texto que ha cimentado la cultura europea, y que ahora ha caído en el olvido.
El escritor judío Stefan Zweig, en sus
Encuentros con libros, ha lamentado la desidia de las sociedades europeas hacia la Biblia en la época moderna, con palabras que bien podrían reflejar el pensamiento de José Jiménez Lozano:
«Muchos dejan de lado la Biblia cuando comienzan a dudar de Dios, y como ya no les parece un libro sagrado, pierde incluso su condición de libro. Jamás vuelven a abrirla, prefieren leer cualquier otra cosa, olvidando que, además de tener un carácter religioso, es un texto sumamente bello y que, si lo consideramos sagrado, no es únicamente por la fe que inspira, sino por ser una de las obras de arte más nobles del mundo.
En cierta ocasión preguntaron a Tolstói cual sería, en su opinión, el relato más hermoso de la historia de la literatura; respondió que la historia de José y sus hermanos. A cualquiera que no haya vuelto a leer la Biblia desde su niñez, le asombrará lo que puede disfrutar en el libro de Esther, de Job, o de Ruth, que pueden interpretarse como leyendas o, si se quiere, como cuentos que encierran profundas verdades acerca de la vida y las expresan con una belleza incomparable».
La referencia a la historia de José y sus hermanos ha traído a la mente el crucero por el Nilo que pudimos disfrutar en marzo de 2017 en compañía de nuestros amigos de hace más de cincuenta años, Peter y Colette Wales. Queda grabada en nuestra retina la imagen del gran río, resplandeciente a primera luz del día, en su majestuoso curso hacia el mar, y de los monumentos milenarios que han cautivado la imaginación de exploradores y arqueólogos, historiadores y artistas, invasores y turistas a lo largo de los tiempos.
Resulta llamativo el hecho de que el autor del llamado ‘ciclo de José’ (Génesis 37-50) no se detiene para describir aquel río, ni para hacer referencia a las pirámides, sino que centra su atención en una familia insignificante, la de Jacob, y su hijo José, vendido para Egipto como esclavo.
Los autores bíblicos son ante todo
narradores, que registran acontecimientos aparentemente insignificantes, y que no se entretienen en dibujar elementos descriptivos ni retratar aspectos psicológicos de sus protagonistas. Logran, sin embargo, según Jiménez Lozano, un efecto que no consigue el propio Thomas Mann a través de miles de páginas en su voluminosa tetralogía,
José y sus hermanos, publicada entre 1933 y 1943.
El asunto bien merece una atenta mirada y, aprovechando que el nada desdeñable Pisuerga pasa por Valladolid, recordaré que nuestro crucero por el Nilo inspiró
De Egipto llamé a mi hijo, publicado por esta editorial, y de la historia de José hablaremos en la próxima entrega.