por S. Stuart Park
En 1971 tuvimos ocasión de pasar unos meses en el pueblo natal de Verna en el estado de Nueva York -Castile, un nombre premonitorio donde los haya- donde asistíamos regularmente a la pequeña iglesia bautista del lugar. Un domingo por la mañana el pastor, Robert W. Childs, invitó a predicar al reverendo Eugene Hoyt, un venerable octogenario de rostro afable y cabello blanco, por caridad, creo yo, ya que sus facultades habían declinado notablemente desde su jubilación como rector del seminario local.
Tomó como tema la vida de José. La relató de principio a fin con voz pausada, sin solución de continuidad. Una vez terminada la narración se sentó, sin hacer comentario alguno. No hubo aplicación práctica ni moraleja final. Es el único ‘sermón’ que recuerdo de todo nuestro tiempo allí. Lo cierto es que la narrativa fluye como el propio Nilo y arrastra al oyente o lector en su transcurso, y no es extraño que un escritor como Leon Tolstoi lo estime el relato más hermoso de la historia de la literatura.
La historia de José, dramática y trepidante como pocas, comienza con la caída en desgracia del hijo predilecto de Jacob, traicionado por sus hermanos y vendido a unos mercaderes madianitas, y termina con su exaltación como gobernador supremo de todo Egipto. El ‘ciclo de José’ contiene múltiples ecos de un drama mayor, el de Jesucristo, tantos, que sería imposible enumerarlos aquí (ver Filipenses 2:5-11).
Por encima incluso de las múltiples virtudes morales y espirituales de José, como su triunfo sobre la tentación en casa de Potifar, su sabiduría y capacidad de interpretar los sueños, o su pericia política frente a la hambruna que azotó el país, el aspecto que más me ha conmovido es la manera en que procuró el arrepentimiento y reconciliación de sus hermanos, para bien de ellos, sin ánimo de venganza o triunfalismo.
La insólita estrategia que empleó José para enfrentarlos con la gravedad de su pasado, da la medida de su inteligencia y fe. Aun así, a los hermanos les costó creer que José pudiese hallar misericordia y perdón hacia ellos tras la vileza de su traición, pero no contaron con su honda espiritualidad e inquebrantable amor. Tras la muerte de su anciano padre tuvieron temor:
«Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón» (Gn. 50:15-21)
Las lágrimas de José dan fe de su grandeza, infinitamente mayor que la de cualquier faraón, y remiten al amor de Cristo que vino a buscar y salvar lo que se había perdido (Lc. 19:10). El Nuevo Testamento, curiosamente, apenas hace comentario sobre la historia de José, por lo que podríamos decir que el bueno del reverendo Hoyt acertó plenamente en su última exposición.