por S. Stuart Park
En su ensayo sobre la memoria
(Antes de que decline el día. Reflexiones sobre otro mundo posible) Reyes Mate plantea su contrario, el olvido. Emplea la imagen de la Justicia representada por una dama con los ojos vendados, dando a entender que la justicia es ciega, que no hace acepción de personas. ¿Significa que la justicia no ve, o no quiere conocer la verdad, que elige el olvido? Escribe:
«El precio a pagar por el olvido es muy serio. El intelectual amnésico o cualquiera que preste su consentimiento a este planteamiento deberá renunciar, en primer lugar, a la experiencia de la humanidad sacrificada que esa sí que no ha olvidado. (…) Los herederos de las víctimas no olvidan».
Frente a una justicia amnésica, el filósofo aboga por una justicia anamnética o memorial. «La memoria es un proceso que abre heridas pero que concluye en reconciliación». Cita a Paul Ricoeur: «el perdón es el futuro de la memoria. Pero no lo es porque borre el pasado sino porque des-ata o des-liga al sujeto de la acción culposa, librándole para otro tipo de acciones». Volvamos a la historia de José y sus hermanos.
La estrategia de José, que tenía los ojos, y los oídos, bien abiertos, consistía en proporcionar a sus hermanos el espacio necesario para que hicieran memoria de su error, para que lo revivieran, y preparar el terreno para que pudiesen reconocer sin ambages su pecado. Era necesario. De haberse dado carpetazo, sin más, los hermanos nunca se habrían sentido libres de su culpa, «librados para otro tipo de acciones». José lo consiguió ocultando su propia identidad, es decir «velando» los ojos de ellos, hasta que pudiesen ver.
Si el perdón «des-ata» y «des-liga», el necesario paso previo es el arrepentimiento, y solo puede perdonar el propio agraviado. Sin arrepentimiento la justicia no tiene poder para liberar, y el olvido solo entra en juego cuando hay reconciliación.
Volvamos nuestros ojos a la mayor injusticia de la Historia, perpetrada por hombres cegados por la ignorancia y la necedad:
«Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole» (Lc. 22:63-65).
El Dios que todo lo ve otea el horizonte de nuestras vidas y sondea nuestro corazón en busca del encuentro trascendental, como cuando se juntó a los caminantes de Emaús cuyos ojos estaban velados para que no le conociesen.
Preguntó el patriarca antiguo en su angustia y desesperación:
¿Te parece bien que oprimas,
Que deseches la obra de tus manos,
Y que favorezcas los designios de los impíos?
¿Tienes tú acaso ojos de carne?
¿Ves tú como ve el hombre?
(Job 10:3-5). La respuesta se encuentra en la mirada de Cristo, misericordioso y perdonador, que no vino al mundo para condenar al mundo sino para buscar y salvar lo que se había perdido.