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«REYES Y REYEZUELOS».      

      Paradise Lost
            Reyes y reyezuelos (35)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 28 de Enero de 2022

John Milton
 

Para saborear al máximo la terza rima en la que Dante compuso su Divina Commedia, convendría saber italiano, aunque la afinidad de aquella lengua con el español facilita, sin duda, nuestra comprensión. Inolvidables resultan los primeros versos de la obra, que no necesitan traducción, claro está:
Nel mezzo del cammin di nostra vita
Mi ritrovai per una selva oscura…
El Paraíso perdido, por contra, escrito en el llamado pentámetro yámbico («verso heroico inglés sin rima», en palabras del propio Milton, característico también de la poesía de Shakespeare), resulta más exigente, lo mismo que su contenido bíblico, propio de un poeta de tradición reformada. La poderosa sonoridad de sus versos no impide el desarrollo de una argumentación teológica intensa y fascinante. Veamos, si no, su defensa del libre albedrío frente a la predestinación, en este diálogo de Dios Padre con su Hijo acerca de la rebelión de Satanás y sus huestes (Libro III, traducción de Freeditorial):
¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato!
Le concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud,
la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer.
Del propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos,
así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron,
pues libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer.
Sin esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera
obediencia, de constante fe ni de amor, obrando sólo por necesidad,
no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores?
¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia,
cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío),
tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas,
cedieran a la necesidad no a mi precepto?
Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan,
no pueden en justicia acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino,
cual si éste avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto
o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo;
yo la tenía prevista, más semejante prevención no redunda en disculpa suya,
que no por haber dejado de preverla hubiese sido menos segura. Así, pues, sin que los
impulsase nadie, sin poder achacarlo al destino, ni a una predestinación
inmutable por parte mía, ellos son los que pecan. Ellos los autores de su mal,
en que caen deliberadamente o por su elección. Libres los he formado; libres
deben permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra
suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto,
inmutable y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad.
Ellos sólo son la causa de su caída.
Resulta curioso que Milton probablemente aceptaba la doctrina calvinista de la predestinación, pero su Paraíso perdido requería un concepto de plena libertad para ser plausible, no solo en las huestes angelicales, sino también en el hombre, creado a imagen de Dios. El hecho es instructivo, y algo parecido sucede en su tratamiento de la primera mujer frente a la idea reinante de su inferioridad.


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