por S. Stuart Park
Entre las múltiples diferencias que distinguen el
Paraíso perdido de la
Divina Commedia, fruto ambas de épocas, culturas y teologías distintas, destaca el trato que reciben las figuras de mujeres, idealizadas en la obra de Dante, donde su amada Beatriz, que representa la Teología, es quien le acompaña en el Paraíso, y la Virgen María aparece en gloria al final de la
Commedia como Reina del Cielo.
Si el
Paradiso de Dante es celestial, el de Milton es plenamente terrenal y se centra, como era de esperar, en la figura de Eva, tanto antes de su caída en desgracia como después. Por un lado, la bella esposa de Adán se dirige a él como sumisa compañera, como conviene, y le llama su «Cabeza» con reverencia y respeto. Al mismo tiempo, Milton la retrata como una mujer inteligente, racional, ambiciosa y valiente, para hacer plausible su transgresión. Cuando se separa de Adán para pasear a solas por el Jardín, y su esposo le advierte de los peligros que se ciernen, «¿no te fías de mí?» le viene a decir, y Adán carece de argumentos para impedir su marcha.
Según mandan los cánones de la interpretación tradicional, misógina no pocas veces, la primera mujer era de débil voluntad y fácilmente engañada. Una lectura del relato de Génesis, sin embargo, sugiere un planteamiento como el que hace Milton, pese a la más que probable aceptación por parte del poeta de la visión generalizada del papel de la mujer, del mismo modo que se imponía en su relato una firme defensa del libre albedrío frente a la doctrina de la predeterminación, que probablemente compartía.
Conviene, por tanto, tomar en serio, los primeros capítulos de Génesis:
«Hay mucha sabiduría acumulada en esos relatos y una reflexión racional debe tenerla en cuenta, más allá de lo que cada cual piense de los mitos. Lo importante no es lo que se dice literalmente sino lo que se quiere significar con el relato. Por algo los grandes pensadores visitan, en un momento u otro de su discurso racional, los primeros capítulos de Génesis» (Reyes Mate).
Este no es el lugar para matizar el sentido de ‘mito’, o discutir sobre la ‘literalidad’ de los primeros capítulos de Génesis, sino de subrayar la alta valoración de su significado, clave para entender el dilema del hombre en el mundo. No en vano Cristo es el postrer Adán, en palabras de Pablo, el segundo Hombre que endereza el rumbo fallido del primero.
Con todo, si bien la visión teológica de Dante dista mucho de la nuestra, la de Milton se encuentra a años luz de la percepción de muchos de nuestros contemporáneos, muy alejada de conceptos como la Caída del hombre o de la Redención efectuada por Cristo.
Si es así, baste el poderoso lenguaje de Milton y la desbordante imaginación de Dante, auténticos maestros del arte de la poesía. Sin ir más lejos, la descripción que hace Milton del Jardín de Dios es de una belleza suprema, e invita a un paseo en medio de la vegetación primigenia de aquel lugar, frecuentado por aves cantoras, y a contemplar el profundo mar, hábitat de monstruos marinos como leviatán. Con la venia del lector lo haremos a continuación.