por S. Stuart Park
Tarea difícil sería resumir la descripción miltoniana del Jardín de Dios, «mansión campestre y encantadora, de rico y variado aspecto, / de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas y olorosas gomas, / o de los que pendían pequeños frutos esmaltados de luciente oro… / sus colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban las corrientes de agua; / flores de todos matices… Las aves prorrumpían a una en sus gorjeos, / y las primaverales brisas difundiendo la fragancia de los campos y los bosques asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje…».
La primera vez que lo leí sentí una nostalgia profunda, el anhelo de un mundo de belleza donde un riachuelo de aguas límpidas fluye en medio de una pradera llena de flores en un día soleado de verano, reflejo de aquel paraíso perdido, presagio de la tierra nueva donde «no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apoc. 21:4).
En el Jardín de Dios hubo belleza y también amor, y Milton, ciego de ambos ojos, no era insensible a los encantos de Eva en sus paseos por los árboles del lugar, entorno idóneo para la felicidad humana. Llama la atención la ausencia de interés descriptivo en el relato bíblico, falta que suple el poeta inglés con exuberante prolijidad. Felizmente, la modestia narrativa del autor de Génesis encuentra brillante solución en el
Cantar de Salomón, que funde la belleza natural con el amor:
Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa mía;
Fuente cerrada, fuente sellada.
Tus renuevos son paraíso de granados, con frutos suaves,
De flores de alheña y nardos;
Nardo y azafrán, caña aromática y canela,
Con todos los árboles de incienso;
Mirra y áloes, con todas las principales especias aromáticas.
Fuente de huertos,
Pozo de aguas vivas,
Que corren del Líbano.
(Cantar 4:12-15).
No hay lugar en el mundo más hermoso que un jardín cerrado, un espacio de quietud, nostalgia del Edén. Mi jardín favorito, en Cambridge, tiene un estanque y en medio del estanque una fuente que barbotea suavemente para dar vida a los nenúfares que adornan la plácida superficie del agua. El jardín está rodeado de un muro alto cubierto de madreselva y otras plantas trepadoras.
Nuestro pequeño jardín asturiano no puede compararse con aquel, pero un señor nogal nos surte de nueces, y de las casas colindantes nos llega el canto matutino del gallo y el cloqueo de las gallinas.
Pitu Calella llaman a la gallina de corral, y de vez en cuando las vecinas nos regalan huevos, y de ellos, y del fruto del nogal, hablaré en la próxima entrega.