por S. Stuart Park
El centenario nogal que domina nuestro jardín crece impertérrito, año tras año, sin inmutarse, y resiste los embates del tiempo con estoica pasividad. Aunque no lo sepa, produce un fruto muy saludable que empleamos, entre otros fines gastronómicos, para alimentar a los carboneros que frecuentan nuestro balcón. Su arrugada cáscara esconde un pequeño milagro de ingeniería, que cuando lo abrimos, produce asombro y admiración.
La cáscara encierra el grano, formado por dos mitades separadas por un tabique. Los granos están encerrados en una cubierta de semilla marrón que contiene antioxidantes, que protegen la semilla rica en aceite del oxígeno atmosférico, evitando así el enranciamiento. Las nueces segregan sustancias químicas en el suelo para evitar que crezca la vegetación competidora.
Ahora bien, si admirable es el señor nogal, ¿qué diremos de la gallina de corral, más sufrida en su modesta vocación, infatigable ponedora de los huevos que aderezan la mesa de cualquier hogar? El naturalista
sir David Attenborough ha dicho que el huevo es el objeto más perfecto de toda la Creación, y si bien la perfección no admite comparativas, y el célebre divulgador emplea el concepto de Creación como metáfora, no le falta razón.
Mi propia predilección es por el huevo pasado por agua (aunque incluyo en mi limitadísimo repertorio culinario los huevos estrellados y la tortilla francesa, que tampoco me salen del todo mal), pero mi pericia en la preparación del huevo pasado por agua, modestia aparte, no tiene parangón.
La gallina de corral, la más doméstica de las aves, es humilde, pero para honrar su impagable contribución al dietario del mundo, recordamos esta dignísima valoración de J. Jiménez Lozano:
Observa y dime: su cabeza altiva,
prudencia de serpiente,
coquetería de cocotte,
y tan pensado el paso.
Primero interroga el mundo
con su ojo circular, dormido
y luego
con el otro se asegura contra el espionaje,
su cuello alarga investigando,
excava y examina, o cubre apresuradamente
lo escarbado. Nunca
hallarás mayor perplejidad, mayor escepticismo,
en un filósofo.
(De ´La gallina’. El tiempo de Eurídice).
Y ¿qué decir del gallo, verdadero señor del corral, con su «canto tan agudo de trompeta / que los muertos creyeron que era el Ángel / del Tiempo; pero / solo era el alba de otro día». (‘El gallo’, del mismo poeta).
Nuestro pequeño mundo se encuentra muy lejos del Edén, pero el disfrute del huevo y la nuez, gracias a la gallina y el nogal, no tiene precio, y nos hace mucho bien.