por S. Stuart Park
Una de las características distintivas de la narrativa bíblica es su economía descriptiva y la ausencia de todo adorno innecesario. La razón es evidente: se trata de condensar en pocas páginas la historia del mundo, el «universo en un grano de arena» de William Blake, ya que, si no, no cabrían en el mundo los libros que habrían de escribirse, al decir de San Juan.
Stefan Zweig ha descrito, con la gracia que le caracteriza, el proceso de condensación al que sometía su propia escritura, una especie de «juego de cacería» para descubrir una frase, incluso una palabra, cuya ausencia no disminuiría la precisión y a la vez aumentaría el ritmo, decía. «Entre mis quehaceres literarios el de suprimir es en realidad el más divertido. Recuerdo una ocasión en la que me levanté del escritorio especialmente satisfecho del trabajo y mi mujer me dijo que tenía aspecto de haber llevado a cabo algo extraordinario. Y le contesté con orgullo:
Sí, he logrado borrar otro párrafo entero y así hacer más rápida la transición». Añade que, si algún arte conocía, era el de hacer que, de mil páginas escritas, ochocientas fuesen a la papelera.
Es imposible conocer la honda satisfacción que sin duda embargaría el alma de los narradores y poetas bíblicos, o de Pablo al redactar Romanos, o de Juan al terminar su Evangelio, pero nos la suponemos desbordante. El poeta inspirado lo expresó a la perfección (Salmo 45:1):
Rebosa mi corazón palabra buena;
Dirijo al rey mi canto;
Mi lengua es pluma de escribiente muy ligero.
No tenemos noticia alguna de lo que pasó por la mente de Eva antes de tomar su decisión fatal: tan solo sabemos que cometió el error de entrar en diálogo con la mentira, y fue engañada. ¿Cómo suplir esta falta?
John Milton, en páginas brillantes de su
Paraíso perdido, reconstruye, según su imaginación creativa, el proceso que llevó a Eva a la ruina. Es digno de ser tomado en cuenta. Según el poeta, la serpiente planteó su engaño con una serie de argumentos difícilmente refutables.
En primer lugar, la propia serpiente, una mera bestia del campo, había comido del árbol prohibido y, no solo no había muerto, sino que ¡había adquirido la capacidad de hablar como los humanos! El árbol, «Madre de la Ciencia», le había elevado a un conocimiento superior, para discernir las causas de las cosas. ¿Cómo iba Dios a privarle a ella, «Reina del Universo», de un conocimiento superior? ¿Cómo podría Dios hacerla daño y ser justo? Lo que Dios quería es mantenerla en ignorancia e inferioridad.
En efecto, la serpiente hablaba como un hombre, y lejos de haber muerto, estaba pletórica de vida. Hacía calor, además, y Eva tenía sed, atraída poderosamente por el aspecto suculento de aquel fruto. Así que tomará del fruto del árbol, y
si perezco, ¡que perezca!
No sé si Eva musitó aquellas palabras antes de tomar su decisión fatal, y si la idea te parece fuera de lugar, querida lectora, querido lector, vuelve tus ojos a Cristo, que no sucumbió en el huerto de Getsemaní, y nos redimió de nuestras transgresiones en su propio cuerpo en la Cruz.