por S. Stuart Park
Además de renunciar a extensas exposiciones del texto bíblico, más propias de un libro que de estos breves artículos, tampoco hemos querido adentrarnos en teologías que requieran una detallada discusión. Una sola cosa nos motiva, la «única necesaria», como Jesús le explicó a Marta en casa de Lázaro y María: presentar a Cristo y dirigir nuestra mente y nuestro corazón hacia Él.
Pablo resumió sucintamente la convicción que inspiró su propia vida y obra, de que Dios
«se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra» (Efesios 1:9-10). Se trata de una visión cósmica de futuro con implicaciones para la vida presente de cada cual.
Se trata, también, como no podía ser de otra manera, de un principio hermenéutico, la clave de la interpretación bíblica, como el Señor resucitado explicó detalladamente a los discípulos de Emaús. De este modo podemos afirmar que todo lo acontecido en la historia bíblica, y todos los hombres y mujeres que pueblan sus páginas, reflejan los valores de Cristo, bien por contraste o bien por similitud.
Recordemos de nuevo la corte de Asuero, donde aquel vanidoso rey quiso mostrar «las riquezas de la gloria de su reino, el brillo y la magnificencia de su poder» para deslumbrar a los príncipes y cortesanos que había invitado para satisfacer su sed de gloria. Contrástese su falso brillo con la verdadera gloria de Cristo que Pablo tanto admiró, que Cristo comparte con nosotros, y hace su morada en nuestro corazón:
«Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios» (Ef. 3:14).
Contrástese por último el trato de Asuero hacia la reina Vasti, con el amor que Cristo siempre mostró hacia las mujeres de su tiempo, como la samaritana en Sicar, la viuda de Naín, la mujer sirofenicia, María Magdalena, o las hermanas de Betania, a quienes tanto respetó.
Se trata, por tanto, de una regla con la que medir cualquier interpretación que se haga de las historias de la Biblia. Aquí no cabe el afán personalista o el capricho. Si nuestra exegesis conduce a Cristo, está en sintonía con el propósito de Dios.