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«REYES Y REYEZUELOS».      

      Palabra y lenguaje
            Reyes y reyezuelos (46)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 15 de Abril de 2022

Autobús londinense
 

 «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra». Así respondió Jesús a sus enemigos y detractores, y el asunto adquiere una importancia trascendental. La «palabra» de Jesús (logos en griego) es su doctrina, y su «lenguaje» (lalia) son las palabras individuales que emplea para transmitirla.

Resulta evidente que, para entender cualquier mensaje, es preciso conocer el significado de las palabras individuales que lo componen. Pablo lo explicó con claridad meridiana: «Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí» (1 Co. 14:10-11).

En términos lingüísticos, el significado depende de los significantes, y si no conocemos el valor de estos, nunca entenderemos el mensaje que se quiera transmitir. Jesús invierte este esquema, en cambio, y afirma que, si no entendemos el mensaje, nunca entenderemos las palabras que lo forman. ¿Qué quiere decir?

El Señor se refiere a quienes no pueden escuchar su palabra, es decir, a quienes no tenían una predisposición a recibir su mensaje y, por lo tanto, nunca entenderían lo que les decía. Este fue el caso de las autoridades religiosas en Jerusalén: dijeron que Jesús tenía demonio, a pesar de la evidencia que tenían de lo contrario. Se trata, por tanto, de un asunto de receptividad.

Tal vez se me permita una pequeña ilustración familiar. Tenemos un nuevo nieto londinense, Ellis James, y durante el tiempo de restricciones Verna hablaba con él casi todos los días a través de su iPhone. Cuando Ellis la veía en pantalla sonreía angelicalmente, y repitía con ella los peculiares sonidos que se intercambiaban, propios de su edad, para gozo infinito de su abuela. Ni qué decir tiene, Ellis no entendía nada de lo que se decía, pero se mostraba feliz al escuchar la voz de su abuela, y verla sonreír.

¿Por qué sonreía Ellis y daba palmaditas al ver y escuchar a su abuela? No estoy capacitado para ofrecer un análisis técnico del asunto, pero me parece evidente que la complicidad de sus padres, que le acompañaban durante las entrevistas, le inspiraba confianza, y que captaba la satisfacción de ellos al compartir la simpatía de su abuela. De confianza se trata, en el fondo, y esta se gana, o se pierde, desde muy temprana edad.

Los prejuicios de los enemigos de Jesús impidieron cualquier aceptación de su palabra, pero el Señor no desistió en su diálogo con sus interlocutores, y procuró derribar el muro que les separaba, por medio de las obras de bondad que validaban sus palabras de salvación.

Me imagino que todos habremos estado con personas que han mostrado escaso interés en escuchar nuestras palabras, y que las han oído con indiferencia o incomprensión. Incumbe, por tanto, procurar ganar su confianza a través de nuestra manera de ser, en espera de que nuestra palabra tenga cabida, si hay ocasión, y la semilla sembrada encuentre tierra propicia para su futura germinación.


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