por S. Stuart Park
La pregunta de Pilato, perplejo ante la vehemencia de los judíos que acusaban sin pruebas a su Reo, pone de manifiesto el temor del procurador romano en presencia de Jesús, ya que no encontró falta alguna en él. El texto es de una solemnidad sobrecogedora: se había puesto en marcha el «juicio de este mundo», como había dicho Juan (12:31), y Pilato se encontraba atrapado entre su dependencia del César, y su clara conciencia de la inocencia de Jesús.
«Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era de mañana, y ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse, y así poder comer la pascua. Entonces salió Pilato a ellos, y les dijo: ¿Qué acusación traéis contra este hombre? Respondieron y le dijeron: Si éste no fuera malhechor, no te lo habríamos entregado. Entonces les dijo Pilato: Tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley. Y los judíos le dijeron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie; para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, dando a entender de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?
Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad? Y cuando hubo dicho esto, salió otra vez a los judíos, y les dijo: Yo no hallo en él ningún delito. Pero vosotros tenéis la costumbre de que os suelte uno en la pascua. ¿Queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces todos dieron voces de nuevo, diciendo: No a éste, sino a Barrabás. Y Barrabás era ladrón» (Jn. 18:28-40).
Frente al temor de Pilato, y ante el cinismo de sus acusadores, se manifiesta la veracidad de Jesús. Él es Rey, pero su reino no es de este mundo; ha venido a dar testimonio de la verdad, pero no la de los hombres, sino la de Dios.
Con qué dignidad dialoga Jesús con Pilato. No sabemos lo que pasó por la mente del procurador en aquella hora, pero a pesar de su desprecio por la hipocresía de la autoridad religiosa, no fue capaz de tomar la decisión que demandaba la justicia más elemental. ¿Qué es la verdad? ̶ se preguntó ̶ sin darse cuenta de que delante de él se encontraba la Verdad encarnada, y que el juicio que le ocupaba era el suyo propio, y el de todos los hombres, sin excepción. Pero aún quedaba una última oportunidad para redimir su nombre ante el mundo.