por S. Stuart Park
«No hay ningún acontecimiento ̶ salvo el acontecimiento mismo de Cristo ̶ que haya demostrado ser un factor tan determinante para el desarrollo de la historia cristiana como la conversión y comisión de Pablo». Así de contundente es el veredicto del erudito escocés Frederick Bruce en
Pablo, su monumental estudio dedicado al apóstol (Editorial CLIE, 2012).
Feroz perseguidor de la incipiente iglesia cristiana, Saulo de Tarso se disponía a traer de nuevo a Jerusalén a los hombres y mujeres que habían abrazado la fe de Cristo y que, con toda probabilidad, habían huido a la capital de Siria en busca de refugio. El gran escollo para Pablo, el devoto fariseo, era el
skándalon de la Cruz. Escribe Bruce:
«Pero el que Jesús de Nazaret pudiera ser el Mesías esperado, como pretendían sus discípulos, era algo por completo fuera de lugar. (…) La evidencia definitiva era sencillamente esta: Jesús había sido crucificado. Un Mesías crucificado era una contradicción de términos. Y lo de menos era si su muerte por crucifixión era merecida o se debía a un error de la justicia: la cuestión era que había sido crucificado y, por tanto, estaba bajo la sentencia que pronunciaba Deuteronomio 21:23: “…maldito por Dios es el colgado”».
Continúa Bruce:
«Con sorprendente rapidez, el gran perseguidor de la iglesia se convirtió en apóstol de Jesucristo. Estaba en plena actividad como celoso observante de la ley destruyendo una plaga que amenazaba la supervivencia de Israel, cuando, en sus propias palabras fue “asido por Cristo Jesús” (Fil 3:12) y obligado a dar media vuelta para convertirse en paladín de la causa que hasta este momento se había esforzado en exterminar; en adelante, se dedicaría a la edificación de aquello que tanto se había esforzado en derrumbar».
¿Cómo se puede explicar tal transformación? De nuevo Bruce:
«¿Qué es lo que causó tal revolución? Su propia y reiterada explicación fue que había visto a aquel mismo Jesús que había sido crucificado, exaltado ahora como Señor resucitado. “¿No he visto a Jesús el Señor nuestro?”, pregunta con indignación cuando se ponen en duda sus credenciales apostólicas (1 Co. 9:1) haciendo referencia al mismo acontecimiento que menciona un poco más adelante en la misma Epístola (1 Co. 15:8), donde, tras compendiar las anteriores apariciones de Cristo tras su resurrección, añade: “y al último de todos… me apareció a mí” (tal vez en el sentido de, “se dejó ver por mí”).
En el camino de Damasco Saulo había sido cegado por una luz intensa, y oyó estas palabras en lengua hebrea:
«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer» (Hechos 9:4-6).
Aquel encuentro cambió la historia del mundo y Pablo se puso sin reservas al servicio del Rey de Reyes y Señor de Señores, Jesús.