por S. Stuart Park
Los amantes del
Mesías de Händel reconocerán este hermoso título, tomado de Apocalipsis 19:6, con el que finaliza la Segunda Parte del Oratorio. Los textos aportados por el libretista Charles Jennens evocan escenas magníficas, con son de trompeta, y «la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de muchos truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!»
El apoteósico ¡Aleluya! pone en pie a los auditorios de todo el mundo en reconocimiento del Mesías humillado y muerto, vindicado y puesto muy en alto, a quien el cielo entero rinde honor. La Tercera y última Parte del Oratorio termina con otro hermoso Coro, que rememora la obra expiatoria de Cristo y proclama su triunfo final:
El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén. (Apocalipsis 5:12-13).
No cabe
finale más apto, ni más conmovedor, que este himno de alabanza al Cordero que fue inmolado, el santo Mesías que ha redimido con su sangre a hombres y mujeres de todo linaje y lengua y pueblo y nación. Él es digno de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza, aquella gloria que tuvo desde antes de la fundación del mundo.
Jesús mismo oró antes de ir a la Cruz, y dijo:
«Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (S. Juan 17:4-5).
Así llegamos al final de nuestro periplo por un año ciertamente complejo que ha puesto a prueba la fe de muchos. Acostumbrados como estamos a versiones distorsionadas del cristianismo, basadas algunas en un legalismo que anula la gracia, otras livianas y carentes de contenido propias de la época actual, necesitamos recuperar el lugar central de Cristo, muerto y resucitado, que reina por los siglos de los siglos, ahora y en la eternidad.
Esta visión no puede ocultar la realidad del mundo en el que vivimos, asolado por enfermedad y muerte, violencia y explotación. No olvidaré nunca el silencio de Auschwitz, donde no se oyó la voz de un pájaro, ni siquiera de un sencillo gorrión. ¿Dónde está Dios en medio de los desastres de la guerra, de la hambruna y de la enfermedad? La pregunta nos obliga a mirar a Cristo, que tendrá la última palabra, y desvelará para siempre las incógnitas de nuestra existencia en el mundo.
La vida sigue con sus alegrías y satisfacciones, decepciones y amarguras, con la esperanza puesta en Cristo, que un día vendrá para inaugurar un cielo nuevo y una tierra nueva, cuando
«enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Ap. 21:4).
A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.