por S. Stuart Park
La falta de movilidad propia de la vejez, con la consecuente necesidad de atención personal, obliga a menudo a dejar el domicilio habitual con sus entrañables recuerdos y comodidades, una experiencia que puede resultar traumática en extremo.
Mis propios padres se vieron obligados a abandonar Brookside la pequeña casa de sus sueños en un entorno tranquilo, para estar más cerca de las tiendas. Mi pobre padre tuvo que despedirse de su cuidado jardín, y como para añadir ironía a su infortunio, murió fulminado por un ataque al corazón mientras hacia la compra a solas en el supermercado local. Un mirlo cantó durante su entierro; era su pájaro favorito, y el mío.
Mi madre no podía soportar la soledad (en eso me parezco a ella, sin duda) y no tardó en ingresar en una residencia para la tercera edad propiedad de la iglesia que tantos quebraderos de cabeza le había generado en el pasado. Allí se encontró tranquila, rodeada de amigas de su juventud, incluso con su hermana, bien atendida y el centro de atención por primera vez en su vida. Le gustaba cantar los amados himnos de antaño y recibir la visita de sus hijos y de otras personas conocidas. Mi madre había vivido toda su vida temerosa del futuro, y al final aquellos temores resultaron infundados.
El ingreso en una residencia no siempre resulta tan benéfico, y se da con frecuencia el caso de personas mayores separadas de sus seres queridos que terminan entre gente desconocida con quien resulta difícil congeniar, más solas que nunca, sin ilusión o perspectiva de futuro.
Vienen a la mente las palabras de Cristo a sus discípulos ante la inminente perspectiva de su partida:
«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:1-2).
Esta hermosa promesa viene refrendada por una solemne confesión:
«si así no fuera, yo os lo hubiera dicho». No se trata de una ilusión piadosa o un engaño, sino de una realidad, la palabra firme de Jesús.
El viaje de nuestro breve tiempo de vivir concluye en la casa del Padre, donde el Hijo ha ido por delante para preparar lugar para nosotros. ¿Cómo llegaremos hasta allí’? —preguntó Tomás—:
«Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn. 14:6).
Cristo nos acompaña en el camino, es el árbitro de nuestro destino, y a su veracidad podemos fiar nuestra frágil vida, ahora y en la eternidad.