por S. Stuart Park
No todas las amistades perduran, ni siquiera las más aparentemente irrompibles, truncadas a veces por la interferencia de terceros, como señaló Salomón:
«El hombre perverso levanta contienda, / Y el chismoso aparta a los mejores amigos» (Prov. 16:28). Pocas experiencias en la vida son más dolorosas que la ruptura de una amistad que se creía genuina, y la Escritura registra ejemplos memorables como los que experimentó el rey David.
La vida de David, con sus glorias y sus miserias, ejemplifica todas las variantes —los distintos «rostros»— del amor, y presenta un caso maravilloso de amistad verdadera junto con un ejemplo flagrante de traición. Su amistad con Jonatán, hijo mayor del paranoico rey Saúl que le buscaba para matarle sin causa, es paradigmática, lo mismo que la traición que sufrió en el seno de su familia.
El amor de David por Jonatán era el de un hermano, incluso más que un hermano, como también recordó Salomón (Prov. 18:24). Perseguido por Saúl, David fue socorrido por Jonatán, él mismo en grave peligro de su vida, un amor maravilloso que no dependía de los vaivenes sentimentales propios de un romance, sino de una comunión profunda que el narrador describió con gran belleza así:
«el alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo» (1 Samuel 18:1). Jonatán protegió la vida de David de las tretas del rey, pero se mantuvo leal a su padre y junto a él cayó en batalla. Al conocer la noticia de su muerte, David compuso esta hermosa endecha:
¡Cómo han caído los valientes en medio de la batalla!
¡Jonatán, muerto en tus alturas!
Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán,
Que me fuiste muy dulce.
Más maravilloso me fue tu amor
Que el amor de las mujeres.
(2 S. 1:25-26).David no volvió a tener un amigo como Jonatán, pero sí conoció la deslealtad y la traición. Su propio hijo Absalón usurpó el trono, y arrastró tras sí a Ahitofel, consejero de David. Cuando Absalón inició su revuelta, Ahitofel le dio la espalda a David (Salmo 41:9) y se unió a la conspiración (2 S. 15: 12-13). Resulta de un patetismo profundo el desgarrador lamento de David al verse traicionado por un hombre, «íntimo», al parecer, y amigo (Sal 55:12-14).
La traición que sufrió David proyectaría su siniestra sombra sobre la vida de Cristo, como se verá.