El discípulo amado Quid pro Quo. Los cuatro rostros del Amor (25). Amistad.
por S. Stuart Park Valladolid, 15 de Noviembre de 2024
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Mesa con pan y vino |
La escena del aposento alto donde Cristo lavó los pies de los discípulos registra una frase emblemática que define la relación de Jesús con ellos: «como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn. 13:1). El amor de Jesús era incondicional, como se verá en la última sección de estos escritos, por lo que llama la atención el hecho de que el cuarto evangelista se refiere en varias ocasiones a uno de ellos como el «discípulo amado», como si el Señor tuviera una relación especialmente íntima con él.
El Evangelio de Juan le menciona en varias ocasiones sin desvelar su identidad. Lo retrata recostado sobre el pecho de Jesús durante la última cena, cuando le pregunta qué discípulo le va a entregar (Jn. 13:21-26); aparece al pie de la cruz junto a la madre de Jesús (Jn. 19:26-27); corre junto con Pedro hacia el sepulcro vacío (Jn. 20:1-10); y se encuentra al lado de Pedro durante la tercera y última aparición del Jesús resucitado ante sus discípulos en la playa de Tiberias (Jn. 21:20-22).
El consenso de los comentaristas desde tiempos de los Padres de la Iglesia señala al propio autor del cuarto Evangelio como el discípulo amado. (Juan nunca es nombrado en este Evangelio, en cambio es identificado en varias ocasiones en los Sinópticos como Juan, hermano de Jacobo, uno de los hijos de Zebedeo). Si damos por buena la identidad del discípulo amado con Juan, surge la pregunta por qué este no se nombra a sí mismo, y por qué se autodenomina como «el discípulo a quien amaba Jesús». Solo podemos especular.
Cabe la posibilidad de que Juan no se nombre a sí mismo por modestia o humildad, pero, si así fuera, ¿por qué se autodefine como el discípulo amado? Nos acordamos de Simón Pedro, aquel que declaró a Jesús que, aunque todos le abandonasen él le seguiría hasta el final (Mt. 26:33) y cuya presunción fue destruida por el canto de un gallo. En la playa de Tiberias Jesús le preguntó: «Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?» y Pedro, con la lección aprendida respondió: «Sí Señor; tú sabes que te amo» (Jn. 21:15). Hacer alarde de nuestro amor por Cristo no cabe; mejor es reconocer lo que el propio Juan declararía más tarde: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Jn. 4:19).
Aun así, cabe preguntarnos en qué sentido era especial la relación de Juan con Jesús. Tal vez no hay que mirar más allá del propio Evangelio que escribió, de una delicadez y sensibilidad exquisitas. Es el Evangelio de los grandes encuentros personales: de Jesús con Nicodemo, con la Samaritana, con sus amigos ante la tumba de Lázaro, historias que no aparecen en los Sinópticos, como la mayoría de las escenas narradas por él.
Leyéndolas, tenemos la impresión de una comprensión espiritual fuera de lo común, de una sintonía única y de una amistad profunda. No resulta extraño, pues, que de su pluma hayan salido las tres Epístolas que destacan la prioridad del amor, y que Juan haya sido testigo privilegiado de la visión en Patmos de Cristo en gloria, aquel que «nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre» (Apocalipsis 1:5). Tal vez por ello el Evangelio de San Juan sea nuestro preferido, el que nos haya hecho tanto bien.
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