por S. Stuart Park
Una reciente escucha de la maravillosa Pasión Según San Mateo, compuesta en 1727 por Johan Sebastián Bach, confirma la impresión de que las últimas horas de Cristo, lejos de transmitir el horror del suplicio que había de padecer el Señor, rezuman delicadeza, incluso un aroma inconfundible de armonía y paz que refleja la intención del evangelista, que en ningún momento procura teatralizar el padecimiento corporal de Cristo, a diferencia de las representaciones populares que enfatizan la agonía física de Jesús.
La última escena donde Jesús disfrutó del cariño de sus amigos en su casa en Betania señala un marcado contraste entre el espíritu bondadoso de María y la hipocresía de Judas, el otrora amigo que levantó contra Jesús su calcañar, y el olor del perfume que llenó la casa sirve de símbolo de la presencia fragante de Jesús:
«Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis» (Jn. 12:1-8).
El perfume sirve de símbolo, también, de la fragancia de la verdadera amistad, la de David y Jonatán, la de Rut la moabita y Noemí, la de Pablo y Bernabé, el «hijo de la consolación» que tanto ayudó al apóstol.
Y cerramos así este breve recorrido por la Amistad, uno de los rostros del Amor, de donde deriva su nombre. Hemos recordado amistades de la niñez y de la juventud que sirvieron de preparación para la edad madura, y hemos evocado el recuerdo de amigos y amigas cuya presencia nos ha hecho, y nos hace, tanto bien.
Decíamos que por prudencia y respeto omitimos los nombres de quienes pertenecen a nuestro círculo más íntimo en España: ellos saben quiénes son, personas cuya amistad ha resultado ser firme y constante, resistente ante los vaivenes de la vida, donde no se da para recibir, ni se guarda una cuenta para saldar.
El último y conmovedor coro que pone fin a la obra de Bach impregna el auditorio de un aroma de descanso y paz, testimonio de la sensibilidad espiritual del compositor, inspirado por la belleza de la Escritura y por su fe en Jesucristo.
No se me ocurre un colofón más apropiado, ni mejor.