El lenguaje del amor Quid pro Quo. Los cuatro rostros del Amor (29). Pasión amorosa.
por S. Stuart Park Valladolid, 13 de Diciembre de 2024
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Árboles frutales |
El Cantar de los Cantares consta de ocho breves capítulos que suman un total de ciento diecisiete versículos. Un tercio de ellos, aproximadamente, recoge los sentimientos de la amada hacia su amado, y otro tercio se ocupa de los elogios del amado hacia su amada, en un equilibrio perfecto. Estos versos, hermosos y evocativos, son los que han dado fama universal al Cantar. Es el lenguaje del amor, poesía pura llena de las fragancias del campo y los sabores de los árboles frutales y de los viñedos en flor.
El amado es como un cervatillo que salta y brinca sobre los montes y collados, y la amada es el huerto en el que el esposo recoge su mirra y come su miel. Él es «blanco y rubio», señalado entre diez mil, su paladar dulcísimo, y todo él codiciable. Ella es morena («negra» en el original, 1:5), de desear como Jerusalén, hermosa como la luna y esclarecida como el sol. La unión de los amados refleja la belleza de la Creación, y el poeta brinda por ellos en nombre del Creador.
El elogio de la belleza física pertenece a una larga tradición literaria que ha perdurado hasta nuestros días. Tiene su origen en el wasf árabe, un poema de amor en el que se emplea un lenguaje exótico, a menudo exagerado, para elogiar el cuerpo de la mujer. El género fue cultivado en Occidente por los trovadores y tuvo gran popularidad durante el Renacimiento. Shakespeare lo satirizó en su Soneto 130, y esta forma poética, que corrió la misma suerte que las novelas de caballerías tras la publicación del Quijote cervantino, no se recuperó jamás.
Al mismo tiempo el Cantar cuenta una historia, compleja y realista. No evoca el paraíso terrenal para recuperar un mundo perdido, ni plantea la unión entre el hombre y la mujer como solución para los males del mundo. No se concede el disfrute pleno del amor a todos: fugaz, a veces, o truncado por las vicisitudes de la vida, el amor se convierte a menudo en odio, dejando una estela de tristeza y amargor. El huerto de Dios simboliza un ideal que solo podrá realizarse en plenitud en Cristo.
Los protagonistas del Cantar son la Sulamita y Salomón, ambos nombres relacionados con Shalom, la paz profunda del bienestar interior, y el escenario de sus amores es Jerusalén, la Ciudad de la Paz y sus alrededores. No todo es pacífico en el Cantar, sin embargo, y dos escenas asombrosas evocan la tensión que subyace en el amor pasional: el sueño erótico de la Sulamita seguido de una pesadilla donde es objeto de violencia y vejación (5:2-8). En estos versos, y en otros, el impulso erótico, uno de los más profundos del ser humano, alcanza un poder de evocación estremecedor que forma tan parte de la Escritura Sagrada como la ley y los profetas. Pertenecen al mundo interior, los anhelos frustrados y los temores ocultos que conforman nuestra realidad no menos que el disfrute de la belleza y la felicidad.
La Biblia registra otras historias de amor, como sería de esperar, con su rastro de felicidad y frustración, culpa y celebración, que son las dos caras de la pasión, presentadas con un realismo estremecedor, pero antes de dejar el Cantar sublime de Salomón, conviene recordar aspectos significativos de su celebración que conviene no pasar por alto.
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