por S. Stuart Park
El verdadero amor, más permanente que cualquier signo de identidad externo, resiste los embates del tiempo y perdura contra viento y marea en todas las circunstancias de la vida. La pasión por sí sola, sin embargo, como cualquier fuego, puede causar estragos. El lado oscuro de la pasión son los celos, y los rescoldos que dejan resultan duros como el Seol (
Infernum en la Vulgata). Lo sabía la Sulamita, «enferma de amor»:
Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo;
Porque fuerte es como la muerte el amor;
Duros como el Seol los celos;
Sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama.
Las muchas aguas no podrán apagar el amor,
Ni lo ahogarán los ríos.
Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor,
De cierto lo menospreciarían.
(Cantar 8:6-7).
Quien ama sacrificaría todo lo que posee por tal amor, aunque al mundo le pareciera una locura, y el apóstol Pablo en un guiño, tal vez, a este hermoso verso del Cantar, atestiguó en términos parecidos la experiencia de su propio amor por Cristo:
Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo… (Filipenses 3:7-8).
El amor es conocimiento y se nutre de la confianza mutua, su llama ilumina la mente como la presencia de Cristo que hizo arder el corazón de los peregrinos de Emaús. El amor es un asunto perfectamente serio que no debe manipularse o ser objeto de fuerza o prohibición:
Os conjuro, oh doncellas de Jerusalén,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.
(Cantar 8:4).
El amor solo florece en libertad, nunca bajo coacción, como en la historia de Isaac y Rebeca. El autor dedica el capítulo más extenso de todo el libro de Génesis a la descripción detallada del encuentro del mayordomo de Abraham con Rebeca, y a ella dedicaremos nuestra próxima reflexión.