por S. Stuart Park
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora -sentenció el sabio Qohélet (Ecl. 3:1)-, poniendo en equilibrio el aspecto involuntario de la relación amorosa con el ejercicio consciente de la voluntad. Hay
«tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar»;
«tiempo de amar, y tiempo de aborrecer» (3:6, 8) y, si bien el amor es ciego según la imagen de Cupido con los ojos vendados, cuando el tiempo de cada cosa llega el ser humano es responsable de sus actos, un principio iluminado por una de las historias más hermosas de la Biblia, la búsqueda de una esposa para Isaac, el hijo de Abraham (Génesis 24).
Estamos en el mundo patriarcal y Abraham, bien avanzado en años envía un criado suyo bajo juramento para buscar una esposa de su parentela para su hijo.
«Quizá la mujer no querrá venir en pos de mí a esta tierra» —sugirió el inteligente criado—.
Abraham le respondió: «Y si la mujer no quisiere venir en pos de ti, serás libre de este mi juramento». Estamos en el mundo patriarcal, pero la voluntad de la mujer escogida no será violentada y elegirá su destino en libertad. Dios conduce los hilos de la Historia y cumplirá sus propósitos en el mundo, pero no forzará la voluntad del ser humano, y Rebeca responderá desde el libre ejercicio de su conciencia y con la convicción profunda de su corazón. Sería una mujer excepcional que se comportaría ante el emisario de Abraham con una generosidad que supera los límites de la mera cortesía:
«Y el criado tomó diez camellos de los camellos de su señor, y se fue, tomando toda clase de regalos escogidos de su señor; y puesto en camino, llegó a Mesopotamia, a la ciudad de Nacor. E hizo arrodillar los camellos fuera de la ciudad, junto a un pozo de agua, a la hora de la tarde, la hora en que salen las doncellas por agua. Y dijo: Oh Jehová, Dios de mi señor Abraham, dame, te ruego, el tener hoy buen encuentro, y haz misericordia con mi señor Abraham. He aquí yo estoy junto a la fuente de agua, y las hijas de los varones de esta ciudad salen por agua. Sea, pues, que la doncella a quien yo dijere: Baja tu cántaro, te ruego, para que yo beba, y ella respondiere: Bebe, y también daré de beber a tus camellos; que sea esta la que tú has destinado para tu siervo Isaac; y en esto conoceré que habrás hecho misericordia con mi señor».
Y así fue. Rebeca, una
«doncella de aspecto muy hermoso», cumplió con creces las expectativas del anciano criado de Abraham, y
«el hombre estaba maravillado de ella, callando, para saber si Jehová había prosperado su viaje, o no».
Cuando supo de la parentela de Rebeca
«el hombre entonces se inclinó, y adoró a Jehová, y dijo: Bendito sea Jehová, Dios de mi amo Abraham, que no apartó de mi amo su misericordia y su verdad, guiándome Jehová en el camino a casa de los hermanos de mi amo. Y la doncella corrió, e hizo saber en casa de su madre estas cosas».
Para colmar de éxito la misión, faltaba saber si Rebeca querría acompañarle en el largo viaje hacia el encuentro con Isaac.
«Y llamaron a Rebeca, y le dijeron: ¿Irás tú con este varón? Y ella respondió: Sí, iré». El desenlace fue feliz:
«Al llegar a donde habitaba Isaac en el Neguev, el criado contó a Isaac todo lo que había hecho. Y la trajo Isaac a la tienda de su madre Sara, y tomó a Rebeca por mujer, y la amó». Más no se puede pedir.