por S. Stuart Park
Los lectores no familiarizados con las historias bíblicas podrían pensar que sus idílicas historias de amor auguran un camino de rosas para sus protagonistas, pero la realidad es otra. Isaac y Rebeca, sin ir más lejos, llevaron a cabo una treta para que el hijo favorito de ella, Jacob, adquiriera la primogenitura que le correspondía a su hermano mayor, Esaú, lo que acarreó no pocos problemas para la familia.
Los molinos de Dios muelen fino, sin embargo, y Jacob el «suplantador», sería él mismo engañado por su suegro Labán, el padre de Rebeca, en su noche de bodas. Enamorado de la hermosa Raquel, descubrió para su asombro que quien durmió con él era Lea, la nada agraciada hermana mayor de Rebeca, y Jacob, que había trabajado siete años bajo las órdenes de Labán para adquirir la mano de Raquel hubo de trabajar otros siete más tras recibir permiso para unirse a ella.
Raquel y Lea ocupan un lugar de privilegio como las matriarcas que
«edificaron la casa de Israel» (Rut 4:11), pero tan distinguida prerrogativa esconde un drama colosal,
«luchas de Dios», al decir de Raquel (Génesis 30:8), y a los dolores naturales de los partos de estas dos madres se añadió otro más intenso, si cabe, la frustración de Raquel por no poder dar hijos a Jacob, y la amargura de Lea, menospreciada por su marido.
La historia comienza en Padan-aram donde Jacob fue enviado para salvarse de la saña vengativa de Esaú, y al llegar a aquel lugar
«miró y vio un pozo en el campo» (Génesis 29:2). Ya se sabe que el pozo, en la Biblia, es escenario de amores, y las expectativas del lector no tardarán en verse colmadas. Mientras Jacob entablaba conversación con los pastores que abrevaban sus rebaños en aquel lugar Raquel vino con el rebaño de su padre,
«porque ella era la pastora». El encuentro de Jacob con Raquel es enternecedor:
«Y sucedió que cuando Jacob vio a Raquel, hija de Labán hermano de su madre, y las ovejas de Labán el hermano de su madre, se acercó Jacob y removió la piedra de la boca del pozo, y abrevó el rebaño de Labán hermano de su madre. Y Jacob besó a Raquel, y alzó su voz y lloró. Y Jacob dijo a Raquel que él era hermano de su padre, y que era hijo de Rebeca; y ella corrió, y dio las nuevas a su padre».
Emocionan las lágrimas de Jacob al ver por primera vez a Raquel,
«de lindo semblante y de hermoso parecer». ¿Se parecía a Rebeca, la hija del hermano de su madre? No lo sabemos, pero surgió en el corazón de Jacob un amor intenso por ella:
«Y Jacob amó a Raquel y dijo a Labán: Yo te serviré siete años por Raquel tu hija menor. (…) Así sirvió Jacob por Raquel siete años; y le parecía pocos días, porque la amaba».
Raquel era amada por Jacob, pero era estéril y tuvo envidia de su hermana Lea que tuvo muchos hijos, y si amargo era el desprecio que sufrió Lea por parte de Jacob, la frustración que sintió Raquel la llevó a la desesperación.
«Dame hijos o me muero» —imploró—, como si la culpa la tuviese Jacob. Dios le concedió hijos y dio a luz a José y a Benjamín. Raquel murió en aquel parto, y años más tarde Jacob recordó su tristeza:
«Porque cuando yo venía de Padan-aram, se me murió Raquel en la tierra de Canaán, en el camino, como media legua de tierra viniendo a Efrata; y la sepulté allí en el camino de Efrata, que es Belén».