por S. Stuart Park
Muro fueron para nosotros de día y de noche —dijeron los criados de Nabal, marido de Abigail, en defensa de los hombres de David—, pero aquel hombre bruto y egocéntrico no quiso escucharlos y mandó un mensaje duro y desafiante cuando David se acercó a él en Carmel en busca de ayuda. El asunto dio lugar a uno de los relatos más brillantes de la Biblia(1 Samuel 25).
La historia tiene lugar en un período de transición entre la muerte de Samuel, el último de los grandes jueces de Israel, y el acceso de David al trono. El relato es sencillo en su desarrollo narrativo, pero complejo en su contenido teológico y rico en sus implicaciones espirituales. El narrador caracteriza a Nabal y a su esposa Abigail con una contundencia inusual: él es un hombre
«duro y de malas obras», mientras que ella es
«de buen entendimiento y de hermosa apariencia». El contraste entre los dos, tanto en su aspecto externo como interno, no puede ser mayor y Abigail, con sabiduría y gracia no solo previene un desastre sino también cautiva el corazón de David. El perverso Nabal consideró a David como un fugado de la justicia; Abigail, por el contrario, vio en él el legítimo sucesor de Saúl.
David, encolerizado por el comportamiento hostil de Nabal, se propuso ejecutar venganza sobre él, y en una escena digna de los más grandes narradores Abigail intervino para no solo salvar su casa sino evitar que David cometiese una atrocidad indigna de su persona y de la que se arrepentiría después. Abigail, emprendedora y competente, dinámica y práctica, era también una mujer hondamente espiritual, y su brillante embajada maravilló al futuro rey:
«Y cuando Abigail vio a David, se bajó prontamente del asno, y postrándose sobre su rostro delante de David, se inclinó a tierra; y se echó a sus pies, y dijo: Señor mío, sobre mí sea el pecado; mas te ruego que permitas que tu sierva hable a tus oídos, y escucha las palabras de tu sierva. No haga caso ahora mi señor de ese hombre perverso, de Nabal; porque conforme a su nombre, así es. (…) Ahora pues, señor mío, vive Jehová, y vive tu alma, que Jehová te ha impedido el venir a derramar sangre y vengarte por tu propia mano. (…) Y yo te ruego que perdones a tu sierva esta ofensa; pues Jehová de cierto hará casa estable a mi señor, por cuanto mi señor pelea las batallas de Jehová, y mal no se ha hallado en ti en tus días. (…) Y acontecerá que cuando Jehová haga con mi señor conforme a todo el bien que ha hablado de ti, y te establezca por príncipe sobre Israel, entonces, señor mío, no tendrás motivo de pena ni remordimientos por haber derramado sangre sin causa, o por haberte vengado por ti mismo. Guárdese, pues, mi señor, y cuando Jehová haga bien a mi señor, acuérdate de tu sierva».
La presencia de Abigail causó una honda impresión en David:
«Y dijo David a Abigail: Bendito sea Jehová Dios de Israel, que te envió para que hoy me encontrases. Y bendito sea tu razonamiento, y bendita tú, que me has estorbado hoy de ir a derramar sangre, y a vengarme por mi propia mano».
Tras la muerte de Nabal, Abigail se convirtió en esposa de David. El narrador no habla del enamoramiento mutuo de los dos; no hizo falta. Abigail fue «muro» para David, y solo nos queda admirar, junto con el futuro rey, su valentía, su inteligencia y su fe.