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QUID PRO QUO. LOS “CUATRO ROSTROS” DEL AMOR      

      La comprensión de Jesús
            Quid pro Quo. Los cuatro rostros del Amor (39). Pasión amorosa.

por S. Stuart Park

    Valladolid, 21 de Febrero de 2025

Ventana abierta
 

Resulta evidente que la decrepitud propia de la senectud no es la única condición física que imposibilita una relación conyugal plena, y a esta delicada cuestión aludió Jesús a raíz de una discusión con los fariseos acerca del tema del divorcio.

Se ha dicho a menudo que Jesús de Nazaret, en los días de su ministerio terrenal, ignoró la diversidad humana en el ámbito de la sexualidad, limitándose a decretar estrictas normas en torno a los deberes del matrimonio tradicional, pero quien conoce como nadie lo que hay en el hombre no permaneció indiferente a la suerte del ser humano en un área fundamental de su existencia, como dejó entrever cuando unos fariseos intentaron involucrarle en las controversias rabínicas acerca del espinoso asunto del divorcio.

La ocasión dio pie a una rotunda reafirmación por parte del Señor del principio original del matrimonio como unión entre el hombre y la mujer (Mt. 19:4-6). Los fariseos habían preguntado, «tentándole», si era lícito al hombre repudiar a su mujer «por cualquier causa». La respuesta de Jesús fue contundente: Moisés había permitido la carta de divorcio «por la dureza de vuestro corazón», ya que «al principio no fue así» (Mt. 19:8). Los propios discípulos se sorprendieron por lo exigente de las palabras del Señor, y le dijeron: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse» (Mt. 19:10). «No todos son capaces de recibir esto –replicó Cristo–, sino a aquellos a quienes es dado» (Mt. 19:11), dando a entender que la relación conyugal requiere una predisposición que no todo el mundo tiene, o a la que renuncian libremente:
«Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba» (Mt. 19:12).
Es evidente que el término «eunuco» no se limita a la castración física, y el Señor distinguió entre tres circunstancias que anulan, o condicionan, el potencial de una persona para desarrollar una relación plena dentro del matrimonio. Hay personas que nacen sin la capacidad, o inclinación, para vivir en plenitud una relación conyugal; hay quienes sufren secuelas físicas o psicológicas a manos de terceros; y hay quienes renuncian a la relación conyugal y eligen la abstinencia sexual «por causa del reino de los cielos». Se perfila, por tanto, un escenario de diversidad sexual reconocido por el propio Señor.

Quienes nacen imposibilitados en el área de la sexualidad o son víctimas de una acción ajena no tienen la culpa de su condición y, por tanto, son dignos de la comprensión de Cristo. La enseñanza de Jesús abre una ventana sobre múltiples realidades biológicas, éticas y sociales. Abre una ventana, también, sobre la comprensión de Cristo hacia el ser humano en su compleja diversidad.

La compasión del Señor nos alcanza a todos, sin excepción, y en las próximas entregas hablaremos del amor que se manifestó entre nosotros en la persona divina de Jesús.


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