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QUID PRO QUO. LOS “CUATRO ROSTROS” DEL AMOR      

      Agua viva
            Quid pro Quo. Los cuatro rostros del Amor (45). El Amor divino.

por S. Stuart Park

    Valladolid, 04 de Abril de 2025

Cántaro de agua
 

No habrá pasado desapercibido el hecho de que en el relato de las bodas de Caná, además del nulo protagonismo del esposo, faltaba quien sería sin duda el centro de todas las miradas y protagonista destacada de aquel banquete, la esposa, una ausencia puesta de relieve por la presencia de otra mujer, la que puso en marcha la realización de la señal, la propia madre de Jesús.

La circunstancia nos permite observar una vez más la falta absoluta de adorno, el laconismo narrativo característico de todos los autores bíblicos. Esta ausencia, no menos que la falta de vino en el banquete es suplida por la estrategia de la intertextualidad por la que el texto en cuestión nos remite a otros contextos para llenar los huecos de la narración. Este es el caso que nos concierne, como no podría ser de otra manera.

Juan el Bautista, en discusión con los fariseos que le preguntaron si él era el Mesías, lo negó con vehemencia, y declaró que él tan solo era «el amigo del esposo» (Jn. 3:29), y de esta manera calificó a Jesús como el Esposo divino que vino al mundo en busca de Esposa, una metáfora que incluye a todos los que creen en él, como sus discípulos en Caná. Resulta evidente, por tanto, que la ausencia de la esposa en las bodas de Caná es intencionada ya que el Esposo espiritual de la historia era Jesús, y todos nosotros, por decirlo así, somos invitados a su banquete. Tal fue el propósito último de las obras de Jesús, como Juan recalcó al final de su Evangelio:
«Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:30-31).
En el relato siguiente (cap. 4), Juan cuenta la historia del encuentro de Jesús con una mujer samaritana que fue a llenar su cántaro de agua en el pozo de Jacob en Sicar. Ella había tenido cinco esposos, y «el que ahora tienes no es tu esposo» —le dijo—, no para alejarla ni rechazarla, sino para prender su corazón de «un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho» (Jn 4:29), asombrada de que un varón judío la había tratado con respeto, siendo ella samaritana y mujer.

La plenitud que ofrece Jesús es como el vino del banquete de Caná y como el agua de vida eterna que ofreció a la samaritana en Sicar. Por medio de estos encuentros se transmite el amor de Dios hacia nosotros en la persona de Jesús.

Para quien desconoce las historias bíblicas, o las ha prestado escasa atención, parecerá una manera poco contundente de persuadirnos acerca de la bondad de Dios, pero no lo es ya que los Evangelios, escritos hace dos milenios, siguen hablándonos, y si los escuchamos daremos la razón a Pablo cuando escribió que «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

El texto escrito resulta más fiable que la emoción que suscita la milagrería o el folclore que atrae a las masas: Es la manera en que Dios se acerca a nosotros, con respeto y discreción.


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