por S. Stuart Park
Hace unos días nos encontrábamos en Asturias asomados a nuestro balcón sobre el cristalino río truchero que pasa delante de la casa, en una mañana soleada de primavera escuchando el concierto matutino que nos brindaron las aves que frecuentan el lugar.
En el espacio de una hora pudimos identificar (con la ayuda de una ingeniosa app ornitológica), además del mirlo y el petirrojo habituales el jilguero, la lavandera gris, el zorzal, el verderón, el pinzón común, el colirrojo real, el agateador común, la trepadora azul, el mosquitero común, la curruca capirotada, el carbonero, el herrerillo común y el reyezuelo, dándoles la razón a los paisanos cuando califican su patria querida como Paraíso Natural. En momentos así es fácil admirar la gloria del Creador que nos ha regalado música y color, y todo tipo de alimentos en abundancia para disfrutar en paz.
Pero hemos estado en Auschwitz, donde no había ni una flor ni se oía el canto de ave alguna, ni siquiera la voz del humilde gorrión, un siniestro lugar testigo mudo de las atrocidades que allí se perpetraron. Y vienen a la mente las violencias que han azotado nuestro mundo hasta hoy con su rastro de terror, la enfermedad que siega la vida de seres queridos en flor, las catástrofes naturales que se llevan por delante las vidas de millares de hombres, mujeres y niños, y las injusticias pequeñas y grandes que se sufren en el mundo, el mismo que nos ha deleitado en una soleada mañana de primavera al lado del río en Asturias, y nos preguntamos con el patriarca Job:
Si azote mata de repente,
Se ríe del sufrimiento de los inocentes.
La tierra es entregada en manos de los impíos,
Y él cubre el rostro de sus jueces.
Si no es él, ¿quién es? ¿Dónde está?
(9:23).
La respuesta divina se encuentra en la lejana cruz donde el Hijo de Dios murió, víctima inocente de la injusticia más flagrante, sometido a la barbarie más cruel. Nadie lo expresó con mayor claridad que el profeta antiguo cuando habló de los sufrimientos de Cristo:
«Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:4-6).
Los autores del Nuevo Testamento no enfatizan los sufrimientos físicos de Jesús, sin embargo, y en la próxima entrega nos preguntaremos por qué.