por S. Stuart Park
En los artículos que siguen nos proponemos reflexionar sobre el valor intrínseco de las palabras, lo que hay
en ellas, según la expresión de George Steiner en su libro
Presencias reales (1989), y al que puso este revelador subtítulo:
¿Hay algo en lo que decimos? Steiner se refiere a la entidad inherente en las palabras para comunicar significado estable frente a quienes proponen la inestabilidad del lenguaje humano para transmitir verdades objetivas.
La pregunta tiene especial relevancia para el lenguaje religioso, como constató el procónsul romano Galión al conocer las discusiones de Pablo con sus compatriotas judíos en Corinto. Concluyó que eran solo «cuestiones de palabras», sin relevancia para él:
Y al comenzar Pablo a hablar, Galión dijo a los judíos: Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh judíos, conforme a derecho yo os toleraría. Pero si son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros; porque yo no quiero ser juez de estas cosas. Y los echó del tribunal (Hechos 18:14-16).
La frase fue pronunciada por el procónsul cuando el apóstol fue acusado por los judíos de propagar una religión ilegal. F.F. Bruce, en su obra
Pablo, el apóstol del corazón liberado (trad. esp. 2012), perfila la figura de Galión. Llama la atención su vinculación familiar con España:
En julio del año 51 DC., Lucio Junio Galión llegó a Corinto para tomar posesión de su cargo como procónsul de Acaya. Galión cuyo nombre original era Marco Anneo Novato pertenecía a una ilustre familia romana de origen español: era hijo de Marco Anneo Séneca, un distinguido profesor de retórica y hermano menor de Lucio Anneo Séneca, filósofo estoico y preceptor por aquel tiempo del futuro emperador Nerón.
Al poco de la llegada de Galión a Corinto, algunos miembros de la comunidad judía local denunciaron a Pablo, pero sin éxito ya que para el procónsul las discusiones religiosas no le concernían en absoluto. Podemos simpatizar con la postura del bueno de Galión: pocas cosas hay más tediosas —aunque a veces de un acaloramiento extremo— que arcanas discusiones teológicas, pero el procónsul no pudo anticipar el alcance de aquellas discusiones en el seno del judaísmo ya que la predicación de Pablo iba a cambiar la faz del mundo antiguo, tanto romano como griego, con consecuencias imprevisibles para la Historia.
No nos extraña que Galión haya expulsado a los contrincantes teológicos de su corte, pero el asunto de las palabras le costaría la vida a Pablo en una cárcel romana, aunque no sin antes haber puesto la base de una nueva concepción del mundo.
En las entregas que siguen, tendremos ocasión de valorar sobre todo la entidad de las palabras recogidas en la Palabra de Dios, luz para nuestro camino, que nos conducen a Cristo.
«¿Qué querrá decir este palabrero?»
Si para Galión las discusiones de Pablo eran solo «cuestiones de palabras, y de nombres, y de la ley», en la sofisticada ciudad de Atenas —«madre de las artes / Y de la elocuencia, cuna de famosos ingenios», en palabras de Milton—, Pablo fue recibido como un «palabrero», un término despectivo que viene a significar «charlatán».
Muy distinta había sido la recepción de su mensaje en Tesalónica, donde «algunos creyeron, de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas» (Hch. 17:4), mientras que en la cercana Berea «muchos creyeron», entre ellos «mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres» (Hch. 17:12).
Después de detenerse un tiempo en Berea, los colaboradores de Pablo le acompañaron hasta Atenas donde permanecería solo en espera de que pudieran juntarse de nuevo con él. El apóstol no desaprovechó su oportunidad de predicar a Cristo en las sinagogas y en las plazas, por lo que fue convocado por las autoridades del tribunal del Areópago para defenderse de la acusación de propagar divinidades extranjeras:
Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección. Y tomándole, le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas? Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber qué quiere decir esto. (Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo) (Hch. 17:16-21).
La invitación presentó un dilema para Pablo: ¿cómo predicar el evangelio en una ciudad que no tenía conocimiento siquiera de la existencia del Nazareno, mucho menos de la muerte y resurrección de Jesús en la distante Palestina? Un dilema parecido nos confronta en el mundo secularizado de hoy, y nos puede ayudar la manera en que Pablo lo abordó, con el resultado que veremos en nuestra próxima entrega: división de opiniones entre seriedad y burlas, escepticismo y fe.
Pablo, un hombre de baja estatura sin atractivo personal según la tradición, y no muy poderoso de palabra según su propia confesión, se dirigió a ellos con cortesía y respeto. «Varones atenienses en todo observo que sois muy religiosos» —comenzó diciendo— antes de proceder a citar en su parlamento fragmentos de dos poetas de ellos.
No citó las Escrituras, ni las palabras de Jesús, naturalmente, y la crítica posterior ha juzgado a Pablo con cierta severidad por la estrategia que empleó, así que en nuestro próximo capítulo tendremos ocasión de reflexionar sobre la eficacia de su manera de proceder.