por S. Stuart Park
El discurso de Pablo, del que Lucas tan solo registra los puntos principales, ha llegado a nosotros como ejemplo de su estrategia como predicador. Merece la pena recordarlo aquí:
«Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.
El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.
Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.
Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez. Y así Pablo salió de en medio de ellos. Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales estaba Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos» (Hch. 17:17-34).
El discurso de Pablo da fe de la inteligencia y sensibilidad del apóstol no menos que de su elocuencia y valentía. «
Varones atenienses en todo observo que sois muy religiosos» —comenzó diciendo Pablo— antes de proceder a citar en su parlamento fragmentos de dos poetas de ellos (Epiménides de Creta y Arato). No citó a los profetas hebreos, naturalmente, ya que para su audiencia sus nombres carecerían de significado. Habló del Dios creador, de la igualdad de todos los hombres y de su responsabilidad moral ante la ley.
Hasta aquí, nos imaginamos, los inteligentes atenienses habrían escuchado al extraño orador con atención, pero Pablo terminó su discurso afirmando que Dios «
ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (v. 31). Al oír lo de la resurrección de los muertos «
unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez».
Las cosas no han cambiado mucho desde entonces.