por S. Stuart Park
Cuando Pablo recorrió las plazas y los santuarios de Atenas «su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría», un hecho que llama la atención en la cuna de la democracia cuya escultura, literatura y oratoria en los siglos III y IV aC nunca han sido superadas, y en una ciudad que tuvo un papel preponderante en la historia de la filosofía.
Entre la multiplicidad de divinidades Pablo halló un altar con esta inscripción: AL DIOS DESCONOCIDO,
Agnosto Theo en griego, de donde viene nuestro término «agnosticismo», una postura que no pocos de nuestros conciudadanos sostienen hoy.
Quien haya contemplado las esculturas clásicas en cualquiera de los grandes museos del mundo solo puede quedar admirado de la magnificencia de aquellas obras, y estamos seguros de que Pablo valoraría altamente las obras de arte que adornaban la ciudad. ¿Por qué, entonces, reaccionó con tanta vehemencia ante ellas? La razón no es difícil de encontrar: «no debemos pensar que
la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres».
El peligro existe siempre de que quienes contemplan imágenes religiosas las confundan con la realidad del Dios invisible en quien «vivimos, y nos movemos, y somos», y que sustituyan el conocimiento de la Escritura por la veneración de un ídolo. «La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios» —escribió Pablo (Ro. 10:17)—, y el ídolo mudo nunca puede comunicar la multiforme sabiduría de Dios que revela el texto sagrado.
Antes de dejar el Areópago, conviene recordar que Pablo terminó su discurso anunciando que Dios «ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos». Lo que provocó la burla y el escepticismo de los atenienses no fue la referencia al día de juicio final, sino lo de la resurrección de Jesús. Ambos asuntos están ligados, sin embargo, ya que quien juzgará en el día final es el mismo que dio su vida por nosotros en la cruz. Pablo, feroz perseguidor de la iglesia de Cristo en los tiempos de su propia ignorancia, había descubierto el alcance del amor de Cristo, y se vio a sí mismo como ejemplo supremo de la inmerecida gracia de Dios:
«Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna» (1 Timoteo 1:12-16).
Un ejemplo digno de ser tomado en consideración.