por S. Stuart Park
Volvemos, por tanto, a las «cuestiones de palabras». Cuando Pablo hablaba de la resurrección de Jesús tenía en mente su propio encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco cuando una luz cegadora le derribó en tierra y oyó una voz que le habló en lengua hebrea. Lucas retrató la escena así:
«Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie. Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió» (Hch. 9:1-9).
Pablo relató esta experiencia en al menos dos ocasiones distintas ante las autoridades en defensa de su mensaje (Hch. 22:6-11 y 26:13-19). La razón es evidente: su encuentro en el camino de Damasco transformó al fariseo Saulo perseguidor de los cristianos en Pablo, su más valiente adalid y defensor. La conversión de Pablo constituyó el evento más importante en la historia del cristianismo, cuya trascendencia se refleja en las Epístolas que forman gran parte del canon del Nuevo Testamento.
Al mismo tiempo, solo tenemos conocimiento de la historia de Pablo a través de textos escritos hace casi dos milenios, e incluso de la vida, muerte y resurrección del propio Jesús de Nazaret solo tenemos constancia a través del testimonio de los autores de los cuatro Evangelios. Pablo mismo vinculó el contenido del evangelio que predicaba a la autoridad de las Escrituras del Antiguo Testamento:
«Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:1-4).
El evangelio cristiano, por tanto, nos llega a través de una
creación literaria cuya entidad depende enteramente de la fiabilidad de las palabras plasmadas en el texto que la conforma. El asunto es complejo y de la naturaleza del texto bíblico hablaremos a continuación.